jueves, 25 de noviembre de 2010

El miedo, cuento de Wenceslao Fernández Flórez

Al sonar las once en el reloj, encerrado en la larga caja de nogal como en un ataúd, Felipe dejó el periódico sobre la mesa, subió hasta la frente las antiparras y se frotó los cansados ojos, en los que la vejez había ensangrentado los bordes. Doña Mariana bostezó, sacudida de su sopor por los once sonidos agudos de la campana. Hizo el signo de la cruz sobre la oquedad negra de la boca, donde amarilleaban aún algunos dientes; luego suspiró:
- ¡Ay, Jesús!
Y miró a reloj, donde el disco dorado del péndulo iba y venía, centelleando al mostrarse plenamente en el centro de la larga caja.
-Las once ya, Felipe.
La viejecita se levantó y salió. Se arrastraron sus pisadas por un corredor; se sintió, un poco lejos, el ruidillo de una cerilla que se enciende. Felipe volvió á encorvarse sobre su periódico, reanudando la truncada lectura de un suelto. Bajo la luz, su calva tenía un matiz rosado y un puntillo brillante sobre la prieta piel.
Desde el fondo del pasillo llegó la voz de doña Mariana, un poco impaciente:
- Pero, Felipe.
-¡Voy, mujer!
Alzóse; y llevó su mano enflaquecida hasta la llave de la luz. Antes de hacerla girar, devoró aún las últimas líneas del suelto, moviendo los labios como si modulase las palabras leídas, con las cejas enarcadas hasta lo sumo de la frente rugosa. Luego, arrojó el periódico, apagó la luz, marchó hacia el pasillo, advirtiendo:
- ¡Voy, voy!
Los filamentos de la bombilla quedaron luciendo como rayitas rojas en la oscuridad del comedor; después fue amortiguándose su tono; después se desvanecieron en la negrura. Por una contraventana mal ajustada entró entonces, en una estrecha faja, la difusa claridad de la noche. CONTINUAR LEYENDO

Este relato está incluido en Tragedias de la vida vulgar de Wenceslao Fernández Flórez. Libro descatalogado.YA NO ESTÁ DESCATALOGADO. Ediciones 98 acaba de rescatarla del olvido a través de una cuidada edición. Además pretenden seguir publicando obras descatalogadas de Fernández Flórez. Feliz idea.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Pronto llegó noviembre


Al fin llegó el otoño a las Fragas do Eume

Soy un espíritu de otoño. Me inspiran el viento y el frío.  Noviembre me parece el mes más plástico. Hace unos días me tiré al monte para hacer fotos de los colores del otoño y me he acordado de Julio Llamazares, el escritor leones. ¿Qué será de él? Tengo todos sus libros, incluso los que he dejado a medias (me decepcionó hasta el enfado El cielo de Madrid, creo que no debió publicarlo, no lo veo terminado estilísticamente). Pero se lo perdono. Me interesan de él esa concepción de la montaña y de la soledad, ese aprecio por la vida en la naturaleza y y esa manera tan poética y descriptiva de narrar. Esa manera tan narrativa de escribir versos:

Todo lo aprendí de quien nunca fue amado:la nieve, y
el silencio, y el grito de los bosques cuando muere
el verano.
O aquella canción celta que Kerstin me cantaba:
"¿Quién puede navegar sin velas? ¿Quién puede remar
sin remos?¿Quién puede despedirse de su amor
sin llorar?"
Pero ahora ya la nieve sustenta mi memoria.Y el silencio
se espesa tras los bosques doloridos y profundos
del invierno.
Por eso puedo navegar sin velas.Por eso puedo remar
sin remos.
 Por eso puedo despedirme de mi amor sin llorar.
                                       (de Memoria de la nieve, poema 10)



Lo primero que  leí de Julio Llamazares fue La lluvia amarilla. Cada uno de nosotros, puestos a escribir, tenemos unos intereses argumentales y un estilo propios. No sé cómo ha podido suceder, pero a mí se me ha adelantado Julio Llamazares. Siempre quise escribir como él y retratar con hermosas personificaciones el final del otoño en una novela en la que la injusta guerra lleva a los hombres a huir al monte acosados por los enemigos y perseguidos por su propia soledad : "Al atarceder cantó el urogallo en los hayedos cercanos. El cierzo se detuvo repentinamente, se enredó entre las ramas doloridas de los árboles y desgajó de cuajo las últimas hojas del otoño" (Luna de lobos). Yo habría querido empezar una novela escribiendo:"La pregunta no es si hay vida después de la muerte; la pregunta es si hay vida antes de la muerte", que es como comienza Escenas de cine mudo, esa rememoración de la infancia al hilo de los recuerdos que le traen al autor las fotografías de un viejo álbum familiar. Ahora que los viajes ya no son lo que eran, -"el viajero, aunque no es turista, o al menos así lo cree (turista es el que viaja por capricho y viajero es el que lo hace por pasión)"- fantaseo con la idea de recorrer,cuaderno en mano, el universo 'pechado' de Trás-os Montes.También me habría gustado nacer en un pueblo perdido del Pirineo (en vez de en una villa de petulante solera) y que eso me marcara  pero que no me destruyera, como les sucede fatalmente a Andrés y a Sabina, los  últimos habitantes de Ainielle. De La lluvia amarilla, hoy que caen las hojas ocres balanceadas por el viento, vienen a mi memoria estas pinceladas:
"Pronto llegó noviembre con su pálido aliento de lunas y hojas muertas. Los días fueron haciéndose más cortos cada vez y las interminables noches junto a la chimenea comenzaron a sumirnos poco a poco en un profundo tedio, en una pétrea y desolada indiferencia contra las que las palabras se deshacían como arena y en la que los recuerdos daban paso casi siempre a inmensas extensiones de sombra y de silencio. Antes, cuando aún estaba Julio y su familia (y, antes aún, cuando Tomás todavía no había muerto y sostenía tenazmente en solitario la vieja casa y la memoria de Gavín), nos reuníamos todos en una de las casas, junto a la chimenea, y, allí, durante largas horas, mientras la nieve y la ventisca gemían en lo alto del tejado, pasábamos las noches del invierno contándonos historias y recordando personas y sucesos, casi siempre de otro tiempo. El fuego, entonces, nos unía más que la amistad y que la sangre. Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza del invierno. Ahora, en cambio, a Sabina y a mí, el fuego y las palabras nos volvían más distantes, los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones."

miércoles, 3 de noviembre de 2010

LA NIÑEZ PERDIDA


Estos días he seguido con una mezcla de conmiseración y espanto la noticia de la  niña rumana de diez años que ha dado a luz en un hospital de Sevilla. Cuando pensamos en una niña de diez años  nos gusta imaginarla jugando con las Moxie Girlz , coleccionando pulseras locas y dibujando corazones en la agenda de Kello Kitty porque, ¡horror! se ha enamorado de un repetidor  de 6º de primaria que se parece muchísimo a Ulrich de Código Lyoko. Al lado de esa niña de diez años tranquilizadoramente real despunta la niña de diez años que fuma a escondidas, que ya ha ido al botellón con sus primas de quince y a la que le preocupa repetir quinto de primaria porque quiere llegar cuanto antes al instituto, aunque no precisamente para estudiar. ¿Trazo un retrato real? No lo sé, yo miro para mis alumnas de 1º de ESO y las puedo encasillar, con matices y sin caricaturas,  en uno de estos dos grupos, una minoría en la inocencia de la infancia que se esfuma y otra mayoría que parten veloces hacia la adolescencia que despunta con sus diabluras de nínfula. Pero como no  las puedo imaginar por más que me lo proponga es embarazadas de un niño de trece años. Incluso el más tenue pensamiento en esa dirección que parece  una perversión.
La niña rumana no estaba escolarizada, probablemente no tendrá jamás esa oportunidad; si sigue la ley de vida de su comunidad a los treinta años será abuela, envejecida prematuramente, como la famosa niña afgana; no podrá prosperar; abandonada a su suerte por el padre de su hija (él, niño -padre también) dependerá de otros para vivir...ni siquiera ha tenido ocasión de pensar qué quiere ser de mayor.
Pero esta visión trágica y negra sorprende a la familia, que está feliz por el nacimiento del nuevo miembro, niña también, la pobre Nicoletta con nombre de princesa delicada y niñez incierta. No entienden el revuelo. Elena ya estaba preparada para ser madre con diez años, como antes lo estuvo su madre y antes lo estuvo su abuela... que actúa de portavoz con el permiso de su marido. Estamos a años luz unos de otros en un mismo espacio y en mismo tiempo. La Tierra no es plana ni redonda, está plagada de sinuosidades y recovecos culturales donde lo que a unos ojos es blanco y límpido a otros es negro y atroz. Me da pena esa niña que es feliz porque su hija ha nacido sana.

Mientras reflexiono sobre esto, y a la vez que preparo la clase para mis alumnos de 1º de bachillerato (ya que tengo la útil habilidad de poder hacer dos o más cosas a la vez)  encuentro casualmente un poema de la lírica tradicional del siglo XV que habla de los amores prematuros, ¿frecuentes quizás en la Edad Media? La diferencia es que esto es solo literatura:

La niña gritillos dar
non es de maravillar

Mucho grita la cuitada
con la voz desmesurada,
por se veer asalteada;
non es de maravillar.

Amor puro la venció,
que a muchos engañó;
si por él se descibió
non es de maravillar.

Temprano quiso saber
el trabajo y el placer
que el amor nos faz aver;
non es de maravillar.

A los diez años complidos
fueron della conocidos
todos sus cinco sentidos;
non es de maravillar.

A los quince, ¿que fará?
Esto notar se devrá
por quien la praticará;
non es de maravillar.

(Poesía lírica medieval. Edición de Vicenç Beltrán.  Biblioteca Hermes. Clásicos castellanos)

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