viernes, 18 de noviembre de 2011

La publicidad que no muestra lo que esconde


Cuando la gran multinacional diseñó su campaña publicitaria, ya sabía que tendría que retirarla al día siguiente. Han apostado fuerte. Dos hombres maduros besándose en la boca resulta tan entrañable y extraño que no deja indiferente. La imagen no es real, de serlo podría muy bien aplicársele el lema que la acompaña: Unhate ("Contra el odio"). Pero no es real y además podemos afirmar que se ha hecho sin el permiso de los protagonistas. Uno se llama Benedicto y el otro Ahmed Mohamed.  El primero no goza de mi simpatía y al segundo lo he conocido ayer pero quizá tampoco me  guste (sospecho que ambos comparten su aversión hacia los hombres que se besan en la boca).  Si los odiase por eso, me alegraría verlos en una actitud que a ambos les debe de resultar humillante. Sin embargo, la campaña se llama "Contra el odio" y yo no disfruto con el disgusto de un anciano humillado. En la casa de uno de esos señores  creen con irritación que la manipulación de la imagen " es una demostración evidente de cómo en el ámbito de la publicidad se pueden violar las reglas elementales del respeto a las personas para atraer la atención mediante la provocación". Yo también creo que desde esa casa han violado las reglas elementales del respeto a las personas muchas veces a lo largo de los siglos, pero como la campaña se llama "Contra el odio" yo no creo que se deban violar las reglas elementales de respeto a los demás. Y es que no comulgo ni con la ley del Talión. Tampoco comulgo con ruedas de molino, por eso cuando la multinacional se disculpa con estas tan bellas  y fingidas palabras  "Lamentamos que la utilización de la imagen haya herido la sensibilidad de los fieles. Nuestra campaña es solo para combatir la cultura del odio en todas sus formas. Hemos decidido con efecto inmediato retirar esta imagen de cualquier publicación" me indigna la manipulación(esta vez sin Photoshop ) de la intención comunicativa. La multinacional, que es el mayor latifundista de Argentina (con todo lo que eso significa) como sabe que me gustan la multiculturalidad, el ecologismo y la libertad sexual, lleva años engañándome con hermosas y transgresoras imágenes. Desconfíen de la publicidad. Ya hemos pagado demasiados yates de lujo en los que, sobre todo, se practica la cultura del ocio.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La guerra de los botones

Louis Pergaud (1882- 1915)
 
"No entréis aquí, hipócritas, meapilas, viejos zorros, farsantes, fatuos,.."  Con esta cita de Rabelais quiso encabezar Louis Pergaud su novela La guerra de los botones, escrita en 1912.  Y por si no quedara claro inicia su narración con un prefacio en el que no hay lugar a dudas: "Nadie está obligado a leerme. Y después de este prefacio y del epígrafe de Rabelais que adornan la entrada, no concedo a ningún caimán, laico o religioso, en materia de morales más o menos desagradables, el derecho a quejarse".
 Así que nadie se escandalice al leer esto:
_ ¡Rediós!  ¡Marrano!  ¡Cerdo! ¡Golfo!¡Gandul! _gruñía el padre después de aquel descubrimiento_. ¡Ni un solo botón en el jersey, en la camisa, unas espinas para cerrar la bragueta, un imperdible para sujetar el pantalón, cuerdas en los zapatos! Pero, ¿dande vienes así, jodío marrano? _rugió Lebrel padre, dudando de que él, un ciudadano tranquilo, hubiera podido procrear tal sinvergüenza, mientras la madre se lamentaba del continuo trabajo que aquel tunante, aquel pillo, aquel cerdo de hijo le daba todos los días.
_ ¿Y te piensas que esto va a durar siempre así? _continuó el padre_. ¿Que me voy a gastar los cuartos pa alimentar y educar a un marranazo como tú, que no da ni golpe ni en casa ni en la escuela ni en ningún sitio porque esta misma tarde he hablao con el maistro?
_ ¡...!
_ Pa empezar, te quedas sin cenar. Pero, ¡rediós! ¿Vas a decir ande te has puesto así?
_ ¡...!
_ ¡Con que no quieres confesar nada, golfo! ¡Ah! ¡Claro! ¡Pues espera un poco, rediós, que te voy a hacer hablar, venga!
Cogiendo del haz de leña que había junto a la chimenea una vara de avellano flexible y fuerte, el padre de Lebrel le arrancó la camisa, le bajó los calzones y administró a su retoño, que se retorcía, rabiaba, rugía y chillaba, chillaba hasta hacer temblar los cristales, uno de esos palizones que dejan huella en la vida de un chaval.
Después, una vez aplacada su justicia, añadió en un tono seco que no admitía réplica:
_ ¡Lárgate a dormir ahora, y deprisa, vamos, rediós!, y como te oiga piar...
Lebrel se dejó caer sobre el jergón de paja de maíz y sobre el colchón de cascarilla de avena, intensamente cansado, con los miembros rotos, el trasero ensangrentado, la cabeza a punto de explotar; dio vueltas mucho tiempo, meditó largo rato, largo rato y finalmente se durmió sobre su desastre.

 Ni esto otro:

_ ¡Eh! ¿Te acuerdas de cuando tu madre meaba en el guiso pa hacerte la salsa?
_ Y tú, ¿qué?, cuando la tuya le pedía al capador los güevos del toro para que pa que los jalaras en ensalada.
_ ¡Pos acuérdate del día en que tu padre decía que prefería criar a un ternero que a un bicharraco como tú!
_ ¡Pos anda que tú! Cuando tu madre decía que era mejor dar de mamar a una vaca que a tu hermana, pos así no criaría una puta.
_ Mi hermana  _respondía el otro que no tenía ninguna hermana_ bate la mantequilla; cuando bata la mierda, vendrás a chupar el batidor _ o bien _: ella está forrá de clavos pa que los pequeños sapos como tú no puedan trepar por ella.

Louis Pergaud, escritor francés fallecido prematuramente (la Iª Guerra Mundial sesgó su vida cuando tenía 33 años)  quiso retratar en esta novela que confiesa autobiográfica (que "no está escrita ni para los niños ni para los adolescentes" según palabras del autor en el prefacio) un retazo de su vida infantil, cuando los niños vagaban libres por los caminos huyendo de los castigos del maestro y de la vara del  padre, planeando tácticas bélicas, sin duda de gran crueldad,  para enfrentarse a sus enemigos, los niños del pueblo vecino. El libro debe su título al hecho de que cada vez que un niño cae en manos del bando enemigo, este humilla al vencido despojándolo de todas las ataduras que sostienen sus ropas: botones, corchetes, ojales, cordones. Todo un derroche de violencia física, lenguaje vulgar y expresiones a veces soeces visto, eso sí,  con la ternura de un narrador nostálgico e irónico que continuamente se entromete en la historia para prevenir al lector ("La preocupación por la verdad histórica me obliga a emplear un lenguaje que no es precisamente ni el de la Academia ni el de los salones.") y en el pensamiento de los personajes("Enseñar el Libro Mayor, descubrir el secreto que proporcionaba la fuerza y la gloria de la armada de Longeverne,¡ni hablar!, Lebrel hubiese preferido cortársela en rodajas o, como decía elegantemente el hermano de Pardal, pasarlas más putas que Cascorro.¡Sin embargo ocho días castigado!...")

Justamente estos días, cuando ya  pensaba escribir sobre ella, pues es una lectura propuesta a nuestros alumnos a instancias de un compañero de Departamento que disfrutó enormemente leyéndola siendo adolescente, me sorprendió su actualidad. Y es que Christophe Barratier, afamado director conocido sobre todo por "Los chicos del coro", está promocionando su adaptación cinematográfica de la novela de Pergaud, eso sí con elementos que no aparecen en el libro, que la harán diferente de la otra versión conocida, la que Ives Robert realizó en 1962 (y que les recomiendo).

Leo ESTA NOTICIA en la que Barratier habla de su película y tengo la impresión de que el director toma del clásico francés el título y  la idea general. Alianza Editorial, por su parte, aprovecha para reeditar un libro que, probablemente no se leerá demasiado. ¡Para qué, si ya hay película! Pero de esto hablaré en la próxima entrada.

Para leer:
En gallego: A guerra dos botóns en la Biblioteca Virtual da asociación de Tradutores Galegos. Traducción  de M.I. Martínez y X.M.Garrido.
En castellano: La guerra de los botones. Alianza Editorial.Acaban de reeditarla.
Yo he leído el libro en la colección La locomotora, de la Editorial Alborada. Igual ya ni existe. La edición es de 1987. ¡Uf, del siglo pasado, qué lejano!

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