miércoles, 26 de junio de 2013

Las aceitunas moradas o el triunfo de la vulgaridad


Demasiados vizcondes en demasiados lugares.


     Hay un libro que ustedes difícilmente encontrarán en las estanterías de los trending topic literarios. Se llama Impresiones de un hombre de buena fe (Espasa-Calpe) y es una recopilación de artículos periodísticos que Wenceslao Fernández Flórez publicó en ABC entre 1920 y 1936. Después, el olvido.  Y es que la lucidez y el ingenio provocan desconfianza a los mediocres y acritud entre los iguales. Y Fernández Flórez fue blanco fácil. No quería estar en el lugar adecuado en el momento justo. Y eso se paga con la ausencia. 
     Si los políticos portavoces (y menos portavoces) leyeran a Fernández Florez mejorarían su dicción, su sintaxis y su vocabulario. Y sus mentiras seguirían siendo mentiras pera daría gusto oírlas.
      Los demás leyendo a Fernández Florez comprobamos que la historia es cíclica, que estamos siempre "un pasito p'alante, María, un pasito p'atrás", que la vulgaridad triunfa, que nos queda el consuelo de la ironia, de la rabia, de la insumisión, pero nunca del silencio.

 ¡Alto, señor vizconde! Wenceslao Fernández Flórez.
     Hemos leído que el señor vizconde de Eza piensa retirarse de la política. Más de una vez hemos opuesto reparos a la capacidad del señor vizconde como gobernante. Entonces, el señor vizconde creía firmemente que no teníamos razón, y los periódicos a él afectos nos despellejaban con un ardimiento convencional. Bien ven los tales periódicos que han quedado en ridículo. El propio vizconde de Eza se inclina ahora a pensar como nosotros acerca de sí mismo, y se va.
     Pero he aquí una cosa inesperada para el señor vizconde Y para los periodistas que le elogian; he aquí que somos nosotros los que nos colocamos ante la puerta de salida con los brazos abiertos para impedir esa marcha.
     Espere usted, señor vizconde, y óiganos. ¿Adónde va? ¿Qué es lo que intenta usted hacer? ¿No comprende, desventurado, que precisamente es ésta la ocasión de quedarse, de atornillarse fuertemente a la política, de alcanzar las más elevadas ambiciones?
     Hasta ahora, ¿quién era usted? Usted era un político cualquiera, difuso y gris. No tenía ninguna grave culpa sobre sus espaldas. Ni aun la de haber sido ministro. Fue ministro porque otros hombres lo hicieron, y porque el país es así y tolera muchas cosas absurdas. Ser ministro no tiene importancia alguna. Cualquiera es ministro. Se pone uno el uniforme, jura en Palacio, entrega su fotografía a los periódicos, y ya está todo hecho. Muchos ministros son totalmente desconocidos Y no logran hacer carrera alguna. Llegan a los consejos de la Corona de una manera apacible y mecánica, o por consideraciones de relatividad. En España, las razones por las que muchos hombres alcanzan ese puesto son análogas a aquellas que impelieron al honorable y escrupuloso señor Vázquez a comerse la aceituna morada.
     El señor Vázquez, pequeño rentista, vivió siempre en fondas. En una de ellas, al sentarse a la mesa el primer día invirtió esos minutos que anteceden a la llegada de la sopa en contemplar el platillo de las aceitunas. Y vio algunas verdes y apetitosas y otras negras ya, envejecidas por una larga exhibición infructuosa, y otra que no estaba verde ni estaba negra, apenas un poco seca y un poco parda.
     El señor Vázquez se dijo:
     «Nunca comería esa aceituna.»
     Y devoró, día tras día, las aún jugosas. Hasta que no quedaron más que las francamente podridas Y la parda, que había llegado a adquirir un color morado. El señor Vázquez la encontró revolviendo en el platillo.
     «He aquí una que no está del todo averiada», pensó. Y la comió. Este suceso pequeñito contiene la enseñanza de por qué fue ministro el señor vizconde, que así se relaciona en el mundo lo gigantesco y lo microscópico. En los partidos españoles se han acabado las aceitunas jugosas. Y lo malo o lo sencillamente vulgar pasa a adquirir categoría de relatividad bondadosa.
     Es fácil ser ministro, pero no es fácil que ocurra una catástrofe mientras uno lo es. Las catástrofes no se producen todos los días ni aun en todos los meses. Se pueden perder las colonias una vez, pero no todos los años; se puede sufrir una trágica derrota un día, pero la imprevisión más refinada no logra que cada lunes o cada martes se hunda un ejército de veintitantos mil hombres.
     Y usted, señor vizconde, era ministro de la Guerra en julio último. Bien sabemos que no fue usted precisamente quien preparó las circunstancias, y que su responsabilidad no es, ni mucho menos, de las más sobresalientes. Pero no importa. El nombre de usted, por un azar, va unido a esa hecatombe. Lo mismo le ocurriría a cualquier otro ministro de los que figuraron, figuran o figurarán en ese departamento. Pero fue usted el que allí estaba. Y este favor singularísimo de la suerte es el que usted va a desdeñar ciegamente ahora.
     Señor vizconde, usted tiene a su porvenir político asegurado. Usted cuenta con un gran fracaso en su vida de gobernante, y esto vale mucho. Aquí no se asciende por méritos. Mire usted alrededor y díganos quién tiene algún mérito. Los industriales que no han sabido crear una industria, reciben la especial y creciente protección del Estado. Los generales que han perdido más batallas, sucumben bajo el peso de las grandes cruces. Los nombres de los políticos que han arruinado, disminuido y depauperado a España, son los de aquellos que aún siguen rigiéndola. En España, cuando cierta clase de funcionarios delinquen, se los traslada con un ascenso, y si son sencillamente tontos, se los traslada y se les da una encomienda. Un general que no haya perdido algunas batallas, un político que no sea responsable de algún terrible fracaso, no es nadie, no representa nada, y la suerte le vuelve desdeñosamente el rostro.
     Usted ha pasado a ser un hombre con el que es preciso contar. Usted puede llegar a hacer ministros, a presidir el Consejo, a manejar el país, a tener un partido propio. Si usted se va, tira todo esto por la ventana y rompe una larga costumbre amada por los políticos y por la nación. Si los hombres fracasados se marchan, ¿quién nos gobierna?
     Verdad es que usted asegura que se irá «poco a poco», como un ser que se hundiese en arenas movedizas. Irán sumiéndose sus largas piernas, su tronco, su alto cuello almidonado...; al fin, no se verá sobre la superficie más que una pálida mano diciendo adiós. En todo esto se tarda mucho, y usted tendrá tiempo de meditar acerca de este buen consejo. Mientras tanto, a la orilla de ese abismo que le va tragando a usted lentamente estamos nosotros, agarrados a los faldones de su chaqué, tirando fuertemente de ellos, con los pies bien ahincados, rogándole:
     -Salga usted, señor vizconde; aún es tiempo. Usted llegará, como han llegado otros. Usted es un elegido. Mire que catástrofes así no las pillan siempre los políticos para abrirse camino. Salga, hombre ingenuo, que no conoce usted su propia patria.
                                                                                                   3 de noviembre de 1921.

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