sábado, 27 de junio de 2009

¿MALOS TIEMPOS PARA LA LÍRICA?


Uno de los lugares donde más intensamente sucede la literatura es un aula donde un profesor sin más ayuda que su entusiasmo y su coraje le transmite a uno solo de sus alumnos el amor por los libros, el gusto por la razón en vez de por la brutalidad, la conciencia de que el mundo es más grande y más valioso de todo lo que puede sugerirle la imaginación. La enseñanza de la literatura sirve para algo más que para descubrirnos lo que otros han escrito y es admirable. Antonio Muñoz Molina.

De forma totalmente casual ha llegado a mis oídos la noticia de una breve pero intensa carta publicada por El País hace ya más de un año. El texto, titulado "Me rindo", dice así: "Comprendí que debía jubilarme cuando mis alumnos de 4º de la ESO me dijeron a las claras que ni entendían ni les gustaba la poesía de Antonio Machado." La carta, que en su momento tuvo bastante repercusión, reclamó mi atención porque está firmada por Constantino Chao, profesor de literatura con el que compartí instituto hace algunos años. Lo recuerdo como un entusiasta de la literatura, gran caminante y montañero, apasionado por la literatura de tradición oral y por el Camino de Santiago. Trabajador y activo, era un profesor muy apreciado por los alumnos. Por eso me sorprende tal desánimo. Y me sorprende, además, porque creo que no debería ser motivo de decepción que a los alumnos no les guste Antonio Machado. A los alumnos de 4º de la ESO no les gusta, en general, la poesía. Asumámoslo si queremos conseguir que les guste la poesía.

Sí, ya lo sé, la carta de Constantino es, en realidad, una metáfora. La metáfora del desaliento de tantos docentes cuya ilusión huye despavorida ante una turba de adolescentes lenguaraces y despóticos que tanto en sus casas como en el colegio quieren, aquí y ahora, conseguir lo que desean: de nosotros, el aprobado. Sus padres también quieren, aquí y ahora, el aprobado. No podemos contar con ellos. Tampoco podemos contar con los burócratas de la enseñanza: nos han herido de muerte. Este es el contexto educativo que nos toca vivir, las ortigas que nos toca masticar en nuestro Callejón del Gato. Asumámoslo si queremos conseguir que a los adolescentes les guste la poesía.

La poesía no se enseña. La poesía es un olor, una hoja de castaño, un puñal, una piedrita en la ventana, una tranquilidad violeta, un sol de la infancia, un buey posado en el alma. La poesía es una rabia. La poesía no es una cerilla ni un bidón de gasolina, la poesía no es una hamburguesa, la poesía no es una prisa. Por eso no es fácil hablar de poesía en la era del mp4. La poesía no es un temario, no es una sucesión de recursos estilísticos, no es un bostezo. Por eso es mejor no hablar de poesía cuando percibimos un rechazo por parte de los alumnos. No todos los momentos son el momento. Este ya llegará.

No es fácil transmitir el entusiasmo por la poesía. Nunca lo ha sido. Cuando yo estudiaba BUP Antonio Machado solo nos gustaba a unos cuantos. Y eso que teníamos un excelente profesor de literatura. Sin embargo, la mayoría de los alumnos ponían buena cara al mal tiempo y destripaban - no lo digo peyorativamente - los poemas de Bécquer, Machado, Lorca, Salinas... y lo hacían aunque el profesor fuese uno de esos de cara avinagrada que tan bien retrata Muñoz Molina en "La disciplina de la imaginación". Hoy en día no. En la sociedad donde se potencia el ocio por el ocio, ganador el que llegue antes, feliz el que tenga el móvil más caro, friki el que apruebe todo, pelota el que salude al profe por los pasillos,... en esa sociedad la poesía es un extraterrestre feo y con granos que se expresa con sonidos guturales.
Ante tal panorama -desolador - no caben rendiciones. Rendirse es asumir que uno no puede, rendirse es una cobardía, rendirse no hará feliz al que cae rendido. Rendirse es un nudo de ortigas en la conciencia.
El mundo ha cambiado, los docentes debemos adaptarnos al mundo. Asumámoslo y si queremos que a los adolescentes les guste la poesía cambiemos a Machado por Benedetti, hagamos la poesía más cercana. Aquellos a los que la poesía les transmita algo acabarán emocionándose con el poeta que iba andando caminos sin que su imagen se enturbie y sin que el gusto por su poesía desaparezca.

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