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Relato de septiembre: Los girasoles.

Las sandalias rotas botan contra las piedras polvorientas de la calle. Nunca han corrido tanto estas botas, piensa, y casi al momento su codo se roza contra una pared al doblar la esquina provocándole un dolor repentino y ríspido. Pero apenas se lo toca con los dedos sucios que se humedecen con la sangre porque se da cuenta de que no puede parar. Está huyendo y no puede parar. Ayer pasó la noche en el sótano de la señora Ethel con su hermana y con su madre. No quiso preguntar por el padre. La cara de la madre lo decía todo. No sabe por qué empezó esta guerra, nadie se lo ha explicado, con esa manía adulta de ocultar la verdad a los niños. Solo sabe que volvía del colegio con el ansia del bocadillo en la mochila y su padre la metió en el coche sin mirarla, con un nervio que ella desconocía. Su hermana y su madre ya estaban dentro. El acelerón la hundió en su asiento y le hizo sentir un cosquilleo incómodo, como siun grillo con herraduras avanzase por su estómago. Sus padres conversaba…

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