lunes, 7 de enero de 2013

Arquitecturas, literaturas y docencias.


Óscar Niemeyer visto por Walter Toscano.
Palabras del maestro: "Si uno se preocupa solo por la función, el resultado es una mierda"
El 5 de diciembre de 2012 fallecía a los 104 años de edad Óscar Niemeyer, el arquitecto que no podía estar parado, el pesimista que creía que el tiempo cósmico es tan corto  "que uno tiene que mirar al cielo y darse cuenta de que es pequeñito, de que hay que ser modesto, de que nada es importante".
El constructor de Brasilia protagoniza un interesante documental,  La vida es un soplo,  en el que expone sus ideas sobre la función de la arquitectura: "La arquitectura es algo que tiene cierta fantasía, igual que la poesía". Considera Niemeyer que en la arquitectura el factor sorpresa es muy importante, la belleza es importante. La capacidad de sorprenderse ante algo bello es fundamental y no tiene por qué contraponerse a la función para la que está destinado el edificio. Me gustan los edificios de Niemeyer, ese choque con la naturaleza y a la vez esa integración en ella. El ojo humano debe acostumbrarse a su presencia. Su creador es un artista consciente de querer alumbrar una obra de arte, no es un mero burócrata que piensa exclusivamente en la utilidad de su obra.  Está claro que la inspiración no puede hacernos perder la cabeza. De nada serviría el más bello y grandioso hospital sin rampas o quirófanos cómodos y bien iluminados (o un aeropuerto en el que un escaso espacio de giro impida aterrizar a los aviones). Pero he comprobado que la belleza influye en el estado de ánimo, al igual que un aroma o una sonrisa.

Si observamos las edificaciones de muchas ciudades comprobamos que algunos arquitectos se han preocupado exclusivamente por la función. Rectangulares cajitas de cerillas, aceradas cajas de zapatos, indigestas cajas de galletas, contundentes cajones de hormigón armado lanzados  al tiempo cósmico con la única finalidad de servir de parapeto, de cubículo en ciudad dormitorio. El resultado es una paradoja: adormecen y perturban, agitan el ánima y la vuelven indolente. Por eso muchos buscan el locus amoenus, el lugar agradable, fuera de ciudad, tan cargada, por otra parte, de estímulos y extraversiones. ¡Lo que puede llegar a conseguir un burócrata del cemento, un urbanista sin imaginación, un técnico sin capacidad para sorprender!

Sustituyamos ahora al arquitecto por el escritor, pensemos en la construcción de una novela. Imaginemos también un aula  llena de alumnos observando al profesor ...¿Podríamos extrapolar la reflexión?, ¿nos valdría la reflexión de Niemeyer?: "Si uno se preocupa solo por la función, el resultado es una mierda"

lunes, 24 de diciembre de 2012

Alguien pasa de largo y no quisiera ser yo


Del fotógrafo Javier Bauluz
     Esas manos son un rostro. Y no solo porque su autor haya hecho la fotografía intentando reflejar un rostro. Se requiere el  esfuerzo de ajustar encima de la nariz los ojos de ver la realidad con otros ojos. Solo así veremos un rostro, con nariz, boca, orejas, arrugas, ojos y sonrisa. Unos ojos que habrían querido levantarse todas las mañanas y ver las colinas de su aldea, las farolas de su ciudad, oír la cafetera familiar en la cocina, esperar estoicamente en la cola del pan con la desidia del que sabe que regresará a casa con sus manos y con sus ojos intactos. Esos ojos no vienen a quitarse las patas de gallo en nuestra sanidad pública. Son manos, ojos, orejas, uñas, voces  que se aferran a la incierta esperanza de una vida digna. "A vida é um mal digno de ser gozado" en este mundo que "nao é verdadeiro mas é real" me ha susurrado Pessoa a través  del humo de su copa de Macieira. Pero  la literatura, el arte, a pesar de sus verdades, de su denuncia, de su conciencia, de su incomodidad, no pueden evitar que a muchas manos los zapatos se les llenen de piedritas que hacen más difícil el camino. Aunque sean otros los que se quejen.
     Esas manos, ese rostro, están cargadas de desolación, son un nudo en el estómago en una fotografía artística. Es la denuncia de un mundo insolidario que no ha reparado, por ejemplo, en las últimas noticias que encharcan los diarios, las que aparecen ahogadas por las decisiones de los entrenadores, el precio del marisco y las mentiras de los torpes gobernantes. Esas que hablan de hambre, de carencias, de violaciones, de atropellos a los derechos fundamentales, de guerras a las que torcemos la cara. Por eso huyen hacia nosotros buscando el cobijo que no les damos. No vienen a quitarnos el pan.
     Eduardo Galeano, en su Libro de los abrazos,  se pregunta cómo el poeta Juan Gelman ha sido capaz de sobreponerse a la muerte de su hijo Marcelo, asesinado por los militares argentinos. Al final concluye: "Si Dios existe, ¿por qué pasa de largo? ¿No será ateo Dios?" No, no estoy de acuerdo con Galeano. Yo creo que si Dios fuese ateo no pasaría de largo.
                                   Más de 40.000 muertos en Siria en una guerra sin dios, a 24 de diciembre de 2012.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Casa con fantasma


Casa con fantasmas en medio del bullicio urbano de un pequeño pueblo industrial. Casi nadie repara ya en la "Casa Encantada". Los fantasmas se lamentan de su abandono pero, como no se ven, nadie  escucha sus quejas desconsoladas. Nada hay más funesto para un fantasma que el olvido y la indiferencia.

Hace tiempo envié un relato a La voz de Galicia. Se llamaba "Casa con pantasma" y lo escribí originariamente en gallego. Casualmente lo he encontrado en la red, en la hemeroteca de ese periódico, aunque no se menciona mi nombre. Por lo que leo al pie de página en el diario, yo ya no debo de ser la dueña de mis palabras. Pero me voy a permitir traducirlo al castellano:

    No lo podía creer. Pero el anuncio estaba allí, delante de sus ojos, en la página 34 del  periódico que llevaba cinco años recibiendo ininterrumpidamente. “Se alquila casa con fantasma. Excelentes vistas. Rúa do Tempo, s/n. 400 euros al mes”. Se añadía un número de teléfono en el que un tal Román informaría con más detalle a quien pudiera estar interesado. Él, desde luego, no. ¿Casa con fantasma? ¿Acaso alguien querría vivir en un sitio así? Hay locos para todos los gustos. ¿Y quien sería ese tal Román que pretendía aprovecharse del miedo ajeno cobrando 400 euros al mes? “¡Menudo robo!", pensó, "aunque es cierto que yo poco entiendo de alquileres”. Llevaba algunos años viviendo en aquella casa sin pagar un duro, si bien es cierto que el dinero no era un problema para él. Además, no era el precio de la vivienda lo que le preocupaba. ¿Cómo sabía el tal Román que en la casa había un fantasma? Tendría que probarlo y no era nada fácil. Uno no puede llegar a una casa e invocar así por las  buenas a los fantasmas que allí habiten. Se supone que los fantasmas aparecen en los momentos más inesperados para provocar verdadero pánico entre la gente. Cuánto más efectivo no será hacer levitar los platos de la vajilla por toda a casa y  dejarlos caer finalmente en el aseo, ante la mirada espantada del inquilino,  no durante una oscura noche de relámpagos y truenos, no, sino en el silencio placentero de un hermoso atardecer de verano, con la penetrante fragancia amarilla de los limoneros entrando por las ventanas abiertas... Decididamente, solo un gracioso contestaría a ese anuncio, eso sí, sin intención de alquilar la casa, solo por llamar y  hablar con el  tal Román  para preguntarle si el  fantasma es joven o viejo y si aparecería decapitado, con la cabeza bajo el brazo, haciendo crujir las cadenas, y si podría mandar a través de él un mensaje a un pariente que se ahorcó y que no debe de tener  descanso para su alma atribulada. O quizás se sentiría interesado uno  de esos tipos raros, a los que les gusta el color negro, no solo para la ropa sino  también para pintar las uñas y  la raya de los ojos y  los labios, causando más pavor que el propio fantasma e incluso al propio fantasma.
     Por eso, cuando aquella deliciosa mañana de primavera vio desde el desván como un coche aparcaba en el jardín, y  bajaban de él  dos hombres, un cincuentón gordo de bigote y un joven  alto y de pelo rizado, aventuró “el de bigote debe de ser el tal Román”. Pero quedó de piedra cuando vislumbró en la parte trasera a una hermosa mujer rubia con un bebé en los brazos y a una niña que se apeaba del vehículo mirando hacia la ventana. “Vaya", pensó, "no sé como le afectará al desarrollo psicomotriz de la chiquilla mi  numerito de la vajilla”.

sábado, 27 de octubre de 2012

Pienso en magenta

No es nube todo lo que reluce
 Pienso en magenta. Pienso en lo bien que quedaría mezclar magenta y una pizca de amarillo cadmio para lograr un color que envuelva en el ensueño este amanecer nebuloso por el que corren eucaliptos y cables y casas aún dormidas y coches que adelantan en línea continua para desviarse en el primer cruce a la derecha. Eucaliptos en verde vejiga y azul prusia con un toque de esmeralda mientras Jeff Tweedy entona Everlasting Everything por esa carretera con una eternidad de humos al fondo. Violeta titán y blanco para las nubes y texto de Benito Feijoo para 2º de bachillerato. El monje en una celda defendiendo a las mujeres y avisando de la tiranía de las modas en el siglo XVIII, la modernidad tal lejana. Por la tarde, tender la ropa, recoger a las niñas del cole, llevarlas a clase de  inglés, a ver si no llueve, escarcha sobre la hierba comprobada empíricamente al hacer la foto, en ella no se aprecian los arces, otra vez rojo magenta, esta vez con mucho amarillo para  resaltar las hojas anaranjadas y rojas, esa delicia del otoño, esos colores que pasan mientras suena Deeper Down, examen de 1º de bachillerato con un texto del programa Callejeros para el comentario diastrático, quizás difícil para ellos, ahora es tarde para cambiarlo, atrás quedan las casas grises entre la bruma con el Forgoselo al fondo, tierra siena y verde cinabrio, ramas de los arces con un pincel muy fino, del número dos. Metáforas para 1º de ESO, los ojos son ventanas, el humo de la central térmica es una nube, niebla que se posa en lejanía como un velo turbio es un símil, los ojos aletargados como ventanas también, verso enigmático. Ventanas abiertas al relente de la noche es pura poesía. Eso es lo que pienso cuando pienso en magenta, cuando pienso en verde cobalto para el musgo vagamente lactescente de los abedules. Para la bofetada gris del asfalto no olvidar mezclar también un poco de rojo. Releer a Stefan Sweig, sus memorias, antídoto contra la soberbia. Descubrir a Herta Müller, no esperes que te lo dé todo hecho, la literatura no es un camino fácil, pensar cuesta y duele pero es necesario, ya lo decía Feijoo (el otro, el pensador, el reformista utópico). Aclarar en el examen que ar keli es 'a  casa' y fumar una platilla es 'fumar heroína'. Cómo nos hemos dejado llevar a un callejón sin salida, la poesía urbana, el progreso que no era, la modernidad de otros, el batacazo contra el asfalto, la bofetada del humo.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Leer adelgaza pero ensancha

De la ilustradora Claudia Bettinardi. Marcovaldo encuentra setas en la ciudad. Del gran Italo Calvino. Apto para todas las edades, incluso para los adolescentes. De como el choque entre los sueños y la realidad puede arrancar una sonrisa.

Ahora me entero de que leer las etiquetas de los alimentos adelgaza . Así que aquello de que la  lectura es alimento del alma  no era pura poesía sin  base científica. Basta con leer para mantener la figura. Y si nos fijamos bien, esto ya estaba en El Quijote porque el de la Triste Figura debe la suya al mucho leer y poco comer. Claro que muchos pueden decir que mientras uno lee no come, pero es que yo, como diría Henry Miller, "Si tuviera que elegir entre un chuletón de ternera y Jean Giono, me quedaría con Jean Giono". ¡! Bueno, he de confesar que Henry Miller no lo dijo exactamente así, pero yo quería aprovechar para recomendarles la lectura de El húsar en el tejado.
Tengo una vecina cubana que, aun sin estudios ni aficiones lectoras conocidos, debe de haber leído bastantes etiquetas.  Lleva diez años viviendo aquí y, cuando coincidimos con nuestras hijas de la misma edad, me cuenta sus tribulaciones del día a día: las dificultades para encontrar trabajo estable, el malabarismo diario de ocuparse  sola de  sus tres hijos. Hoy hemos hablado "del que dirán" en los pueblos pequeños. Porque vivimos, para que ustedes se hagan una idea, en el Yonville-l'Abbaye de Flaubert, pero con mar. Ella, con la contención del que teme ofender pero con la seguridad que da la confianza en el receptor, me hablaba de la mentalidad cerril (en realidad, no usó esa palabra) que observa diariamente en ciertas personas. Con amargura contenida, reivindicaba su espíritu extrovertido, su carácter espontáneo  y confiado, su alegría de vivir de forma responsable pero sin los corsés de unos prejuicios hipócritas.  Y yo la instaba a huir de la necedad de los que no han salido de su ombligo, oponía su sangre caliente del Caribe a las seseras calenturientas absorbidas por el tedio y la envidia. De pronto me dice: "Oye, yo no sabía que tú tenías una mente tan abierta. Pero claro, es normal, con los libros que lees". Es que leer, además de adelgazar, ensancha. Y de eso se da cuenta cualquiera.

lunes, 23 de abril de 2012

Día del Libro recordando a Dickens

No, Stefan Sweig no habla ni de un futbolista guaperas, ni del cantante melódico de turno ni de la avispada escritora que ha encontrado un filón de oro hilvanando simplezas con sobresaltos. No, Sweig habla de cosas que ya no pasan en el siglo XXI, ¡hasta ahí podíamos llegar!:

“La popularidad de este autor no ha tenido parangón  en ninguna época: si no aumentó en el curso de los años fue simplemente porque la pasión llegó al límite de lo posible. Cuando Dickens  se decidió a leer en público, cuando apareció por primera vez cara a  cara ante sus lectores, Inglaterra fue presa del delirio. La gente asaltó la sala, la llenó hasta los topes, algunos entusiastas se colgaron de los pilares, otros se arrastraron bajo la tribuna, solo para poder oír al adorado escritor. En Estados Unidos la gente durmió sobre colchones extendidos ante la taquilla las noches más rigorosas del invierno  y los camareros le traían comida de los restaurantes cercanos, pero la aglomeración fue imparable  Todas las salas  resultaban demasiado pequeñas y finalmente se tuvo que acondicionar una iglesia de Brooklyn como sala de conferencias para el escritor. Desde el púlpito leyó las aventuras de Oliver Twist y las historias de la pequeña Nell.  Su fama no era  fruto de una moda pasajera; arrinconó a Walter Scott, durante toda su vida hizo sombra al genio de Thackeray, y, cuando la llama se extinguió, a la muerte de Dickens, el mundo inglés entero se resquebrajó. Gentes desconocidas comentaban entre sí la noticia en la calle, la consternación de apoderó de Londres como después de una batalla perdida. Lo enterraron en la abadía de Westminster, el panteón de Inglaterra, entre Shakespeare y Fielding; miles de ciudadanos se agolparon ante su sencilla sepultura, que permaneció durante días inundada de flores y coronas.”

 Stefan Sweig: Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievsky) Acantilado.

martes, 17 de abril de 2012

Ismaíl Kadaré , 1º de ESO y la chica que se casó con una serpiente

Ilustración de Ana Juan
Ismaíl Kadaré es un escritor albanés que me gusta mucho.
En sus novelas reflexiona con frecuencia sobre los acontecimientos históricos que han afectado a su país. Para ello, y sirviéndose de un cuidado lenguaje poético, sitúa con frecuencia a sus personajes en ambientes  irreales y oníricos que sorprenden al lector.  Una delicatessen  no apta para el paladar betsellista. Pero sí para mis alumnos de 1º de ESO.
En Frías flores de marzo  se incluye una hermosa y trágica leyenda protagonizada por una muchacha que, para expiar la culpa familiar, debe desposarse con una serpiente. La primera vez que la leí entendí que tendría que adaptarla o recortarla (procurando no hacerle mucho daño) para leerla en clase. Los de 1º de ESO han resultado ser especialmente receptivos a la lectura. Para ellos podé la historia de Kadaré cortando las ramas más altas, aquellas que coquetean con la lúcida reflexión, y me quedé con la silueta del árbol, que refleja lo que es sin mostrarlo completamente. Sólo puedo decirles que no respiraron mientras escuchaban la historia. Eso sí, no les gustó el final. Pero se están acostumbrando a la buena literatura.

La muchacha que se casó con la serpiente:
Extrañamente, nadie recordaba la culpa en que había incurrido la familia o el clan de la muchacha. La terrible falta que sólo podía ser lavada con su sacrificio.
Cuando su padre la había llamado a la sala de los huéspedes para hablarle, ella había esperado cabizbaja la condena. Es severa, le había advertido el padre por segunda vez: cualquiera que sea, yo obedeceré padre. Había tomado la decisión de obedecer aunque se tratara de encerrarse en un convento, de casarse con un nonagenario, incluso de lo más aterrador: ser emparedada en los pilares del nuevo puente.
Estaba resuelta... Y sin embargo, cuando oyó pronunciar la sentencia se puso pálida como la cera. ¿Qué es lo que has dicho, padre? ¿Que debo desposarme con una serpiente? La esperanza de que hubiera oído mal se disipó al instante. En efecto, debía casarse realmente con una serpiente. No con un hombre al que hubieran adjudicado ese apelativo a causa de su felonía, de su aspecto o quién sabe qué otro motivo, sino con una verdadera serpiente.
Se llevaron a cabo pues las nupcias de acuerdo con los ritos, con la sola diferencia de que no fue la esposa quien hubo de trasladarse a casa del novio, sino el esposo quien fue conducido a la casa de la novia. Lo llevaron metido en una cesta colocada a lomos de un caballo. La noche cayó y la joven desposada, a la que ahora llamaban “la mujer de la serpiente”, fue conducida a la estancia nupcial donde él la esperaba.
Nadie en toda la aldea consiguió pegar ojo. Todo el mundo esperaba oír el grito de la desgracia. El de la novia mordida por su esposo. El grito de la familia que acababa de encontrar a la muchacha muerta.
Pero la noche trascurrió apaciblemente y de idéntico modo se levantó la aurora. Todos pudieron ver a la novia con aspecto adorable, exhibiendo aún en las mejillas y en el cabello las huellas de los afeites del día anterior, yendo y viniendo por la casa radiante de gozo. Sin lugar a dudas se había vuelto loca. SEGUIR LEYENDO

Ismaíl Kadaré, Frías flores de marzo (Alianza Literaria, traducido  del albanés por Ramón Sánchez Lizarralde).

viernes, 13 de abril de 2012

Meditaciones a medianoche



Si llueve saldremos a la lluvia
No, no es que haya abandonado la vida bloguera. La verdad es que ya no paro mucho por aquí porque he vuelto a pintar. Viendo todos los días el paisaje de la foto desde la ventana era previsible que los viejos pinceles (esos que tiritaban bajo el polvo como los cuchillos de Lorca) desempolvasen las telarañas de sus pelos de petit gris y tomasen la iniciativa de incorporarse de nuevo al universo de las sensaciones, siempre plagado de gratos obstáculos que vencer. Aunque he de decirles que no me mueve el vil peculio como a Damien Hirst (¿seremos el hazmerreír de la galaxia cuando alguien  - el niño del cuento "El traje nuevo del emperador", por ejemplo-  repare en que el soberbio mundo del arte contemporáneo  admira una obra llamada Mil años consistente en una gran caja transparente con gusanos y cientos de moscas revoloteando en torno a la sangrante cabeza de una vaca? ¡No lleva nada. Pero si no lleva nada! empezará a gritar el niño del cuento ante la narcotizada turba ). Es que soy muy ignorante, dirán los entendidos. Yo, que me formé tarareando el Aqualung de Jethro Tull mientras pegaba en las carpetas del instituto  láminas de Van Gogh, Modigliani, Klee y Millet,  no logro captar la magistral irreverencia de La alfombra de pipas de porcelana de Ai Weiwei en la Tate Modern. ¡Con lo que ha costado! Y me veo ya muy vieja y muy pelleja  para apreciar las sugestivas y conceptuales telas plateadas de Jacob Kassay (si tuviera óleos con sedimentos de plata, con quevedesca intención susurraría "si fueran plata los pigmentos, vacío su bote fuera, y, diligentes,mis dedos los pelaran por vendellos").


jueves, 23 de febrero de 2012

Paisaje con granos de odio



Caín matando  a Abel. Grabado de Alberto Durero
Me ha impresionado el titular de la noticia: Homs se desangra a la vista del mundo. La imagen que antecede al texto es sobrecogedora: un padre herido abraza a su hijo muerto, demasiado pequeño para haber vislumbrado la fatalidad de su destino. Es uno entre tantos que ya no soplarán una vela por su cumpleaños. La vela de su vida ha sido arrebatada por un soplo de odio. El mismo con el que se cruzaron la periodista  Marie Colvin y  el  fotógrafo Remi Ochlik. Y tantos otros que sabían que debían estar allí, justamente para eso, para que el mundo sepa que lugares como Homs se desangran a la vista del mundo. Y es que el odio, como decía Wislawa Szimborska, no es como los otros sentimientos. Hay sentimientos que nos llevan a creer que la lucha por la vida tiene un sentido: la valentía de los que son capaces de dejar el calor del hogar para dar testimonio del padecimiento de los que no pueden sentarse al calor del hogar; la rabia de los que no se arredran ante la injusticia y sueñan con mejorar el mundo aun a costa de su vida;  la generosidad de los que ofrecen agua y aliento incluso a su enemigo;  la humildad de los que saben que no somos más que un grano de arena en un universo imperfecto. Otros sentimientos nos revelan que el imperfecto no es el universo sino su habitante más imperfecto: la petulancia del que piensa que eso aquí no puede pasar; la necedad del que no sabe no contesta; la indolencia del que no conoce más sufrimiento que su propia apatía personal; la insensatez del que sigue descorchando champán para que siga la fiesta.

Pero el odio:
Ved cuán activo está
y qué bien se conserva
el odio en nuestro siglo.
Con que ligereza salva obstáculos,
y que fácil le resulta saltar sobre su presa.
No es como los otros sentimientos.
Más viejo y, a la vez, más joven.
Por sí mismo genera la causa
de su despertar a la vida.
Duerme a veces, pero jamás con un  sueño eterno.
Y el insomnio no le resta fuerzas, se las da.
Buenas son las religiones,
con tal de estar en la línea de salida.
Buenas son las patrias,
con tal de lanzarse a la carrera.
Al principio, incluso la justicia funciona.
Después correrá solo.
El odio. El odio.
La faz se le retuerce en una mueca
de amoroso éxtasis.
¡Qué anemia y apatía
la de los otros sentimientos!
¿Desde cuando la fraternidad
arrastra multitudes?
¿Ha llegado alguna vez  la compasión
primera a la meta?
¿A cuántos voluntarios seduce la duda?
El odio sí seduce,¡y cómo!, es perro viejo.
Avispado, listo, trabajador.
¡Cuántos cantares ha compuesto!
¡Cuántas páginas de la historia ha numerado!
¡Cuántas alfombras humanas ha desplegado,
en cuántas plazas, en cuántos estadios!
No nos engañemos:
sabe crear belleza.
Espléndidos son sus incendios en la negra noche.
Soberbias las humaredas de sus explosiones al alba.
Imposible negar el patetismo de sus ruinas
 ni el humor chabacano 
de la única columna que queda en pie.
Es  maestro del contraste
entre silencio y estruendo,
entre sangre roja y nieve blanca.
Y nunca jamás se cansa
del leivmotiv del verdugo pulcro
sobre la inmunda víctima.
Siempre dispuesto a nuevas tareas.
Si es necesario esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene los ojos de lince del francotirador 
y mira el futuro con denuedo.
Él, solo él. 
Wislawa Szimborska: de Paisaje con grano de arena. Editorial Lumen.





lunes, 13 de febrero de 2012

Ahora soy pobre


Del fotógrafo británico Lee Jeffries
"Y ahora soy pobre". Estas palabras estuvieron dando vueltas por mi cabeza durante todo el día, errantes y vagabundas, sin hallar lugar donde guarecerse. Y es que hace frío, también en mi cabeza. Por la noche se acurrucaron en un resquicio, cerca del ojo, al lado de unos versos de Wislawa Szimborska ("Escucha/en mí late, desbocado, tu corazón").
"Y ahora soy pobre". Ella, una mujer rumana en las Noticias. Apenas veinte segundos de fama para ilustrar los estragos que la ola de frío causa  en los más desfavorecidos,  los que carecen de hogar, los sin techo. Sin techo, sin trabajo, sin familia, sin patria,  pero con manta. "Antes tenía dos mantas" -mira con fijeza a la cámara, como los mendigos de Lee Jeffries- pero me robaron una. Y ahora soy pobre."
A eso llamo yo dar una buena lección. Ahora que, como el hombre que comía altramuces, nos toca llorar lo que hemos derrochado.
Y es que una manta cuando el frío acuchilla el alma es la mayor riqueza. Como el agua en el desierto, el pan de horno que sabe a pan, los zapatos que no hacen rozaduras, el paraguas con todas las varillas intactas, el lápiz con punta, el jarabe aunque sepa mal, la comida en la mesa a mediodía,la leña en la chimenea, el colchón con muelles, la  habitación sin grietas, el edificio con ascensor, el autobús que lleva a la escuela, las farolas en la calle, la rueda sin pinchazos, las instrucciones legibles, la mano que impide la caída, la voz que saluda, la palmada que anima, la foto de los que ya no están, el regreso tras un largo viaje, el agua, el pan, los zapatos,el techo, ...la manta.

sábado, 4 de febrero de 2012



Dormir a pierna suelta no es lo mismo que estar en la luna
 Los sábados Hashîm y yo

arreglamos el mundo:

aislamos a un dictador, lo amordazamos,

ponemos voz a los sin nombre,

repartimos las ganancias y el agua

también entre los invisibles que no salen en la foto.


Hoy precisamente es sábado.

Dos bajo cero

la nariz congelada

sobre la cálida sonrisa

recordando las montañas de Azilal.

No podemos nada contra el frío

Dios dispone -a mí, a la descreída, me habla de Dios-

pero los dos estamos contentos

ninguna bomba mudará la pierna suelta en pesadilla

-por ahora-.


Los sábados arreglamos el mundo

pero, luego, entre semana,

alguien nos lo desbarata

y el dictador desoye sin horror a sus cadáveres

desde las cuencas pétreas de su delirio

mientras uno que tiene una bomba

no soporta ver la bomba en el ojo ajeno.

Los invisibles,

¿se quejan?, ¿estudian con mis hijos?

¿su transparencia es contagiosa?

¿me costarán dinero?

La bomba,

¿caerá lejos? ¿la tienen ellos o nosotros?

Ls guerras, por la tele, no huelen.

Ni hablemos entonces del dolor.

No cayendo aquí me da igual.


Con gente así,

- Hashîm  está de acuerdo conmigo-

no hay manera de arreglar el mundo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Des-acordes navideños


Son cada vez menos pero aún resisten.

Me he pasado la mañana enmarañada con un MI menor que se niega a pasar a DO. Dice que estamos en Navidad y que "Abrazado a la tristeza" de Fito y los Fitipaldis no es un villancico, así que no puedo rasguear aquello de "Los llantos desconsolados que estrangulan las gargantas". MI menor dice que lo mío es pura demagogia. Que ya no soy adolescente, que ya voy vieja para querer cambiar el mundo, que me deje de ingenuidades y  que me ponga a preparar el pavo. Que piensen otros por mí, que para eso les votamos. Me reprocha que ni siquiera haya puesto un árbol de Navidad decente, que he comprado en los chinos un artilugio de varillas plateadas y que he permitido que las niñas lo llenen de cromos de Hello Kitty y pinzas de colgar la ropa. DO se niega a colocarse, el contacto con las cuerdas lo deprime, sabe que emite un sonido esperanzador, de esos que hacen alzar los ojos y alertan las conciencias, pero tiene muy presente el fracaso de las primaveras. Él, que amaba a las blogueras de Gaza, a los estudiantes marroquíes, que siguió con fervor los gritos de libertad en Damasco y que añoraba ser acorde principal  de músico callejero en la plaza Tahrir, ahora se repliega ante la amenaza de una serpierte de muchas cabezas que sustituye a otra serpiente de muchas cabezas. Ya casi nunca se pone su camiseta de indignado. Teme que lo desahucien y que lo acusen de subversivo.
MI menor, insensible a la esperanza, me insta para que prepare el pavo. Pero yo nunca he preparado ninguno. Solo he visto  pavos en las ilustraciones de Cuento de Navidad de Charles Dickens. No importa, me urge, no hay Navidad sin pavo.¡Feliz Navidad! Y lo meto en el horno aderezado con cebolla y limón. ¡Amargada! me llama. Enciende la tele para ver si le ha tocado la lotería y alaba la buena intuición de una mujer que con sus últimos 20 euros compró un décimo y pidió prestado dinero para alimentar a sus hijos. Ahora es feliz ¿Acaso Dios existe y además es bueno? DO y yo nos enzarzamos en un  enriquecedor debate mientras me olvido de enriquecer el pavo con algún caldo tramposo y resalado. Y es que este año he decidido no esconder los sabores con engañifas   ¿Es responsable comprar un décimo de lotería cuando no se tiene nada para comer? ¿La noticia es falsa y es una estrategia de Loterías y Apuestas del Estado  para aumentar las ventas en el sorteo del Niño?  LA menor interviene para decir que este año los comedores de Caridad no dan abasto. Los que más acuden no son inmigrantes, sino castellanos viejos caídos en desgracia económica. MI menor sugiere que compren lotería y recuerda que, sin embargo, la venta de objetos de lujo no ha descendido un ápice. ¿Cabe lo mismo en un bolso de 900 euros que en uno del mercadillo, pregunto? ¿Acaso puedo llevar en él un libro? Me llama ignorante, si pudiera gastarme 900 euros en un bolso no tendría necesidad de leer. Por cierto,  ¿Alguien ha dicho Haíti, Sudán, Somalia, Niger, China, Corea del Norte,...?  ¡No seas cargante! ¡Y atiende a lo importante! entona desafinado.
Por si no lo han adivinado ya, se me ha quemado el pavo. Lo retiro del horno ayudándome de las pinzas del árbol de Navidad pero no puedo evitar quemarme. MI menor y Hello Kitty me miran con desaprobación. Desde luego, elaborarán  un informe negativo para que no pueda dar clase en un bachillerato de excelencia. SOL quiere intervenir, cree que de todas manera, mi perfil es más de alumnado multicultural. MI lo frena con ardor. ¿Acaso tienes papeles? le espeta sin miramientos ¿Qué haces tú opinando en esta canción? ¡Vete a tu país!
 Llega la hora de la cena y solo se me ocurre un brindis con las palabras que leí en el facebook del amigo de una amiga: "Nin festas nin carallo. Feliz vida. Unha aperta".
Eso, feliz vida y un abrazo.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Historia de un paraguas. Álvaro Cunqueiro.


Del graffitero británico Banksy.
Que? Chove ou non chove?

Álvaro Cunqueiro es un excelente narrador gallego (aunque también escribió en castellano) que en una ocasión dijo:
     He de decir que yo narro como he oído narrar. Y así como un pintor francés del pasado siglo descubrió la postura del sembrador, me parece a mí que he descubierto la postura del narrador, sentado en la noche invernal al amor del fuego en la cocina antigua, hablando más para el fuego que para los otros oyentes. En mi país se cree que nada le gusta más al animal llamado fuego que el escuchar una buena historia. Se le ve avivarse, alargar las llamas y batir unas contra otras como si aplaudiese.

Y de esta manera, como quien habla para el fuego en la noche invernal, traza fabulosas historias que acercan al mítico Merlín o al aventurero Simbad a la realidad cotidiana en un ejercicio de realismo mágico y de imaginación que no ha sido -eso creo- suficientemente celebrado fuera de su tierra. Con motivo del centenario de su nacimiento (22 de diciembre de 1911) varias editoriales se han apresurado a reeditar su obra en castellano, una delicia para los sentidos y para el intelecto. Me quedo con sus relatos breves, esos retazos de humanidad cotidiana en los que a veces, cual chispa socarrona o pavesa inesperada, salta el ingenio que nos obliga a ver el mundo desde la perspectiva, por ejemplo, de un paraguas dolido porque aún no ha sido pagado. Esta es la Historia de un paraguas:

Lucinda García fue a casa de su tía la señora Andrea do Carrizo a buscar una docena de huevos bien galleados, que tenía una gallina clueca, una gallina de cuello pelado, que daba muy buena madre. Se entretuvieron tía y sobrina comentando las cosas de la aldea, y con la tarde se pusieron unas nubes, que como por allí suele ser en aquel tiempo, traen una ligera tormenta con lluvia. La señora Andrea le ofreció a Lucila un paraguas que tenía.
_ ¡Lleva el paraguas por si acaso! ¡Lo estrené para la boda de tu primo Severino!
Lucila aceptó el paraguas, y se fue con los huevos camino de su casa, pensando en no más llegar en acostar la clueca famosa. Al llegar a la vuelta de Melín empezó a llover. Vino súbita la lluvia, medio granizo. Lucila posó la cesta de los huevos en el suelo e intentó abrir el paraguas, pero no lo lograba. La lluvia arreciaba, y el paraguas, por mucho que Lucila forcejeaba, no se abría.
_¡Ábrete, condenado! – gritó Lucila, haciendo un último esfuerzo.
_ ¡No me abro! – respondió el paraguas-. ¡No me mojo por nada de este mundo!
La voz era de hombre, más bien gruesa, y prendía algo en las emes.
_ ¡Ábrete, que me mojo!
_ ¡No! - insistió el paraguas_ ¡Además, que aún no estoy pagado!
Y no se abrió. Lucila llegó a su casa, como se dice en el país “mollada como un pito”. Puso el paraguas en un rincón del portal y se fue a acostar a la clueca a la cocina. Al terminar fue a ver si el paraguas se había movido, y lo encontró abierto.
_ ¿De modo que te abriste? – le preguntó, airada, al paraguas.
El paraguas se cerró solo y se subió a la percha, colgándose junto a la gabardina del marido de Lucila.
_ Es que no estoy pagado – comentó -, y esto me avergüenza. Yo estaba muy bien en el escaparate de la tienda, en el Toural, en Santiago, con un letrero que decía “Seiscientas veinte pesetas”, y a me tenía echado el ojo la mujer de un médico para regalárselo a este el día de su santo. Ya me había manoseado, abierto y cerrado. Una señora muy perfumada. Y en esto que viene tu tía, me compra casi sin verme, y me deja a deber. Bueno, es de confianza de la tienda, y tiene crédito, pero me deja a deber, y me lleva a una boda, y después me cuelga al lado de un paraguas viejo y remendado. ¿Por qué me trata a mí así la vida?
Dijo esto último con acento tan lastimero, que Lucila se echó a llorar. Lo cual debió de conmover al paraguas.
_ ¡No te pongas así! ¡Si quieres me sacas ahora a la era, me abres y me dejo mojar, que contra ti yo no tengo nada! ¡Pareces compasiva! ¡Si te perfumaras como la señora del medico de Santiago!
Lucila le tuvo miedo al paraguas, el cual se había bajado de la percha, y se movió alrededor de ella, rozándose contra su cuerpo.
_ ¡Estate quieto, que viene ahí mi marido! – le dijo al paraguas.
El cual se volvió para la percha. Al día siguiente se lo devolvieron a la señora Andrea.
_ Dice que no se abre ni se moja, que no está pagado – dijo Lucila.
_ Non lle fagas caso! – comentó la señora Andrea do Carrizo_. Ten esa teima!
Y colgó el paraguas en el perchero, junto al paraguas viejo, sin darle la menor importancia al asunto.

PARA LEER MÁS DE ÁLVARO CUNQUEIRO EN CASTELLANO:
Las historias gallegas. Editorial Paréntesis.
Obras literarias en castellano(dos tomos). Biblioteca Castro.

viernes, 18 de noviembre de 2011

La publicidad que no muestra lo que esconde


Cuando la gran multinacional diseñó su campaña publicitaria, ya sabía que tendría que retirarla al día siguiente. Han apostado fuerte. Dos hombres maduros besándose en la boca resulta tan entrañable y extraño que no deja indiferente. La imagen no es real, de serlo podría muy bien aplicársele el lema que la acompaña: Unhate ("Contra el odio"). Pero no es real y además podemos afirmar que se ha hecho sin el permiso de los protagonistas. Uno se llama Benedicto y el otro Ahmed Mohamed.  El primero no goza de mi simpatía y al segundo lo he conocido ayer pero quizá tampoco me  guste (sospecho que ambos comparten su aversión hacia los hombres que se besan en la boca).  Si los odiase por eso, me alegraría verlos en una actitud que a ambos les debe de resultar humillante. Sin embargo, la campaña se llama "Contra el odio" y yo no disfruto con el disgusto de un anciano humillado. En la casa de uno de esos señores  creen con irritación que la manipulación de la imagen " es una demostración evidente de cómo en el ámbito de la publicidad se pueden violar las reglas elementales del respeto a las personas para atraer la atención mediante la provocación". Yo también creo que desde esa casa han violado las reglas elementales del respeto a las personas muchas veces a lo largo de los siglos, pero como la campaña se llama "Contra el odio" yo no creo que se deban violar las reglas elementales de respeto a los demás. Y es que no comulgo ni con la ley del Talión. Tampoco comulgo con ruedas de molino, por eso cuando la multinacional se disculpa con estas tan bellas  y fingidas palabras  "Lamentamos que la utilización de la imagen haya herido la sensibilidad de los fieles. Nuestra campaña es solo para combatir la cultura del odio en todas sus formas. Hemos decidido con efecto inmediato retirar esta imagen de cualquier publicación" me indigna la manipulación(esta vez sin Photoshop ) de la intención comunicativa. La multinacional, que es el mayor latifundista de Argentina (con todo lo que eso significa) como sabe que me gustan la multiculturalidad, el ecologismo y la libertad sexual, lleva años engañándome con hermosas y transgresoras imágenes. Desconfíen de la publicidad. Ya hemos pagado demasiados yates de lujo en los que, sobre todo, se practica la cultura del ocio.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La guerra de los botones

Louis Pergaud (1882- 1915)
 
"No entréis aquí, hipócritas, meapilas, viejos zorros, farsantes, fatuos,.."  Con esta cita de Rabelais quiso encabezar Louis Pergaud su novela La guerra de los botones, escrita en 1912.  Y por si no quedara claro inicia su narración con un prefacio en el que no hay lugar a dudas: "Nadie está obligado a leerme. Y después de este prefacio y del epígrafe de Rabelais que adornan la entrada, no concedo a ningún caimán, laico o religioso, en materia de morales más o menos desagradables, el derecho a quejarse".
 Así que nadie se escandalice al leer esto:
_ ¡Rediós!  ¡Marrano!  ¡Cerdo! ¡Golfo!¡Gandul! _gruñía el padre después de aquel descubrimiento_. ¡Ni un solo botón en el jersey, en la camisa, unas espinas para cerrar la bragueta, un imperdible para sujetar el pantalón, cuerdas en los zapatos! Pero, ¿dande vienes así, jodío marrano? _rugió Lebrel padre, dudando de que él, un ciudadano tranquilo, hubiera podido procrear tal sinvergüenza, mientras la madre se lamentaba del continuo trabajo que aquel tunante, aquel pillo, aquel cerdo de hijo le daba todos los días.
_ ¿Y te piensas que esto va a durar siempre así? _continuó el padre_. ¿Que me voy a gastar los cuartos pa alimentar y educar a un marranazo como tú, que no da ni golpe ni en casa ni en la escuela ni en ningún sitio porque esta misma tarde he hablao con el maistro?
_ ¡...!
_ Pa empezar, te quedas sin cenar. Pero, ¡rediós! ¿Vas a decir ande te has puesto así?
_ ¡...!
_ ¡Con que no quieres confesar nada, golfo! ¡Ah! ¡Claro! ¡Pues espera un poco, rediós, que te voy a hacer hablar, venga!
Cogiendo del haz de leña que había junto a la chimenea una vara de avellano flexible y fuerte, el padre de Lebrel le arrancó la camisa, le bajó los calzones y administró a su retoño, que se retorcía, rabiaba, rugía y chillaba, chillaba hasta hacer temblar los cristales, uno de esos palizones que dejan huella en la vida de un chaval.
Después, una vez aplacada su justicia, añadió en un tono seco que no admitía réplica:
_ ¡Lárgate a dormir ahora, y deprisa, vamos, rediós!, y como te oiga piar...
Lebrel se dejó caer sobre el jergón de paja de maíz y sobre el colchón de cascarilla de avena, intensamente cansado, con los miembros rotos, el trasero ensangrentado, la cabeza a punto de explotar; dio vueltas mucho tiempo, meditó largo rato, largo rato y finalmente se durmió sobre su desastre.

 Ni esto otro:

_ ¡Eh! ¿Te acuerdas de cuando tu madre meaba en el guiso pa hacerte la salsa?
_ Y tú, ¿qué?, cuando la tuya le pedía al capador los güevos del toro para que pa que los jalaras en ensalada.
_ ¡Pos acuérdate del día en que tu padre decía que prefería criar a un ternero que a un bicharraco como tú!
_ ¡Pos anda que tú! Cuando tu madre decía que era mejor dar de mamar a una vaca que a tu hermana, pos así no criaría una puta.
_ Mi hermana  _respondía el otro que no tenía ninguna hermana_ bate la mantequilla; cuando bata la mierda, vendrás a chupar el batidor _ o bien _: ella está forrá de clavos pa que los pequeños sapos como tú no puedan trepar por ella.

Louis Pergaud, escritor francés fallecido prematuramente (la Iª Guerra Mundial sesgó su vida cuando tenía 33 años)  quiso retratar en esta novela que confiesa autobiográfica (que "no está escrita ni para los niños ni para los adolescentes" según palabras del autor en el prefacio) un retazo de su vida infantil, cuando los niños vagaban libres por los caminos huyendo de los castigos del maestro y de la vara del  padre, planeando tácticas bélicas, sin duda de gran crueldad,  para enfrentarse a sus enemigos, los niños del pueblo vecino. El libro debe su título al hecho de que cada vez que un niño cae en manos del bando enemigo, este humilla al vencido despojándolo de todas las ataduras que sostienen sus ropas: botones, corchetes, ojales, cordones. Todo un derroche de violencia física, lenguaje vulgar y expresiones a veces soeces visto, eso sí,  con la ternura de un narrador nostálgico e irónico que continuamente se entromete en la historia para prevenir al lector ("La preocupación por la verdad histórica me obliga a emplear un lenguaje que no es precisamente ni el de la Academia ni el de los salones.") y en el pensamiento de los personajes("Enseñar el Libro Mayor, descubrir el secreto que proporcionaba la fuerza y la gloria de la armada de Longeverne,¡ni hablar!, Lebrel hubiese preferido cortársela en rodajas o, como decía elegantemente el hermano de Pardal, pasarlas más putas que Cascorro.¡Sin embargo ocho días castigado!...")

Justamente estos días, cuando ya  pensaba escribir sobre ella, pues es una lectura propuesta a nuestros alumnos a instancias de un compañero de Departamento que disfrutó enormemente leyéndola siendo adolescente, me sorprendió su actualidad. Y es que Christophe Barratier, afamado director conocido sobre todo por "Los chicos del coro", está promocionando su adaptación cinematográfica de la novela de Pergaud, eso sí con elementos que no aparecen en el libro, que la harán diferente de la otra versión conocida, la que Ives Robert realizó en 1962 (y que les recomiendo).

Leo ESTA NOTICIA en la que Barratier habla de su película y tengo la impresión de que el director toma del clásico francés el título y  la idea general. Alianza Editorial, por su parte, aprovecha para reeditar un libro que, probablemente no se leerá demasiado. ¡Para qué, si ya hay película! Pero de esto hablaré en la próxima entrada.

Para leer:
En gallego: A guerra dos botóns en la Biblioteca Virtual da asociación de Tradutores Galegos. Traducción  de M.I. Martínez y X.M.Garrido.
En castellano: La guerra de los botones. Alianza Editorial.Acaban de reeditarla.
Yo he leído el libro en la colección La locomotora, de la Editorial Alborada. Igual ya ni existe. La edición es de 1987. ¡Uf, del siglo pasado, qué lejano!
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