domingo, 30 de abril de 2017

Wislawa, Andersen y la generación blandita


Del fotógrafo húngaro André Kertezs. Niños gitanos, 1926. Ventana a un mundo sin red.

El niño aspira el zumo terriblemente azucarado hasta dejarlo en los huesos. Sin apenas respirar no es siquiera consciente de su sabor, que no le importa, engullente compulsivo de un mundo que no le ha sido ofrecido para saborearlo. La mano familiar que insertó la pajita en el himen del tetrabrik altamente contaminante ata ahora cordones, limpia mocos y ofrece  cachitos de jamón cocido con lechosa blandura de un pan que no lastima los tiernos dientes a los que nadie ha preparado para pinchar con mordiscos de ortiga si la vida  desvía sus railes fuera del tobogán vallado.
La mano complaciente busca para su hijo un mundo que no forma parte de este mundo. O puede que sí. La mano complaciente alza el oído alerta a todos los peligros que fisgonean por la ciudad escondidos en esa arquitectura del miedo y de la intimidación de la que habla Zygmunt Bauman en Vida líquida.

Sorprendida por un verano anticipado a principios del mes más cruel (releyendo a Eliot como antibiótico contra la narcosis), observo a ese niño en el parque mientras decido si tiene sentido recordar en la biblioteca de un centro de secundaria que cada dos de abril, coincidiendo con la fecha de nacimiento del escritor Hans Christian Andersen, se celebra el Día Internacional del Libro Infantil. Me gustaría decirles alguna vez a mis alumnos que el Andersen que conocen a través de las versiones Disney no tiene nada que ver con el hombre atormentado y feo que tuvo una infancia difícil, realmente muy difícil, y al que, debido a su dislexia, no le iban muy bien las cosas en la escuela.

La editorial Malpaso ha publicado hace unos meses un libro  que recoge breves reseñas que Wislawa Szymborska fue escribiendo durante años. Como bien sabemos los que aprendemos de Wislawa, leerla es dar pasos hacia adelante fijando en la memoria todas las piedras del camino que nos va mostrando con su sonrisa irónica y valiente. Uno de los primeros artículos de ese libro lo ha titulado La importancia de asustarse y está dedicado a Andersen y a sus cuentos de hadas.  Dice Wislawa que a los niños les encanta asustarse con los libros, que los niños  sienten la necesidad natural de vivir grandes emociones. Pensando en Wislawa, en Andersen, en las infancias arrebatadas por las diferentes formas de crueldad adulta  y viendo al niño del zumo entiendo que la infancia, ese cosmos que nos forma y nos deforma, necesita hoy más que nunca historias que trasporten a los niños a un mundo  en el que la fantasía, cual grieta que rasguña, muestre la realidad en su valiente desnudez.

En el prólogo al primer tomo de los Cuentos completos de Andersen publicado por Anaya (y ya descatalogado), Gustavo Martín Garzo comienza hablando de un término (acuñado por J.R.R. Tolkien) que yo no conocía: eucatástrofe, "la bella catástrofe", que viene a significar que, a pesar de todas las dificultades y tristezas a las que tendremos que enfrentarnos, el mensaje de los cuentos es que la vida merece la pena. Martín Garzo cree que Andersen es "uno de los autores en los que late de una forma más decisiva esta visión a la vez trágica y luminosa de la vida".

Al niño de la pajita sus padres lo han acristalado en un mundo tan luminoso que corre el riesgo de no entender que la tragedia, la muerte y los volantazos del destino forman parte de una vida que incluye también a los demás.

 Andersen no debería estar descatalogado.





domingo, 2 de abril de 2017

Agridulce sensación


La bella luminosidad del hispido tojo
Llevamos toda la vida culpándonos del fracaso escolar como en un efecto dominó que se muerde la cola: los padres culpan a los profesores, estos la toman con los maestros de primaria que a su vez despotrican contra sus compañeros de infantil que insisten en decir que de nada sirve la labor de la escuela si después en casa les limpian el culo a los niños y les recortan las mariquitas. Los profesores universitarios se preguntan qué han aprendido los adolescentes después de catorce años de escolarización y los de secundaria les lanzamos dardos envenenados preguntándoles si van a empezar a trabajar alguna vez o seguirán siendo tan ineptos como cuando nosotros pasamos por sus aulas. En el fragor de la discusión echaremos la culpa a quienes siempre la tienen, los gobernantes; y cuando nos invada la niebla de de la resignación culparemos a esa abstracción de humo que, cual fantasma de parroquia, ni se ve ni se puede tocar, pero se siente: la sociedad. Cuando uno descubre que la sociedad es la culpable los músculos se relajan y el fracaso se acepta como una adherencia inevitable. ¿A qué despacho hay que dirigir la reclamación formal si la responsable es la sociedad? La culpa no es ni de los padres ni de los profesores, sentenciaba hace poco un amigo mío, así que no hay nada que hacer. ¡Qué alivio tan grande supone descubrir de pronto que no podemos hacer nada porque no tenemos ninguna responsabilidad en el asunto!

Hace unos días, escarbando en el trastero con la intención de desclasificar los cascajos del pasado, encontré un primoroso cuaderno de lengua castellana de  2º de primaria en el que mi hija escribía una oración con la palabra cocinero: "El cocinero hoy cocinó pollo agridulce para todo el mundo". Me sorprendió, pues yo ignoraba que hubiese una receta de pollo agridulce. Si yo les mandase hoy en día hacer a mis alumnos de 3º de ESO una oración con cocinero, la coincidencia en muchas respuestas sería asombrosa: "Mi tío es cocinero". O mi padre, o mi hermano o Pepe,  es cocinero.

Y aquí podía quedar la queja tanta veces repetida y adornada con otras anécdotas y ejemplos de desconocimiento de lo evidente y de lo tantas veces repetido. Esa queja tópica y manida y arrugada que no deja ver el árbol en el bosque, que nos hace afirmar que toda la playa es arena o que no hay más cuatro que el que resulta de sumar dos y dos.

Déjenme  hablarles de tres alumnos que escribirían "Mi tío es cocinero" en un examen de Lengua de 3º de la ESO. Como cualquier parecido con la realidad puede ser pura realidad en vez de nombres elegiré un color (en tangente homenaje a  Me llamo Rojo de Orham Pamuk, esa novela que leería una vez más si tuviera las vidas de un gato).

Blanco es un alumno pálido y tímido que parece esconderse detrás de sus miedos. Es el aspirante perfecto para la crónica de un fracaso anunciado y lo asume con resignación,  Ocre es un alumno inquieto y extrovertido que vive atrapado en la autopista de una hiperactividad que lo obliga a caminar con zancadas de tortuga. Aún es joven para comprender que quien tira piedras de resentimiento abolla su propio tejado.  Azul es un alumno atento y reflexivo que ha logrado llegar con esfuerzo al bachillerato bajo la atenta desconfianza de los profesores que lo vieron repetir en la ESO. Con ese "encanto descarado de la vida" que diría el poeta Gil de Biedma se ha buscado su hueco inmune al desánimo. Los tres escriben. Blanco cuenta historias de amistad que no pueden ocurrirle en la realidad porque apenas sale de su casa. Ocre rapea desde un corazón dolorido faltas de ortografía con las que restañar las injusticias de un mundo que invisibiliza su esfuerzo. Azul quiere dar salida a su impoluta creatividad con textos donde las palabras se atropellan a veces como canicas desbordadas que caen de la bolsa rota.

Blanco, Ocre y Azul están dotados de una sensibilidad que no se recoge en los estándares de aprendizaje de las leyes educativas que cambian como cambia de dirección el viento, alentadas por un dios malévolo que nunca ha entrado en un aula. Azul ha conseguido ajustar las velas y navega con alas,  inseguro aún en su rumbo claro. Blanco y Ocre flotan a duras penas  junto a aprendices de marinero más capaces que ellos mientras imaginan ocasos anaranjados que los rescaten de su invisibilidad.

Y la escuela tiene que darles respuestas que no queden  flotando en el viento.

Como parte de esa escuela que no siempre sabe acertar con las respuestas hoy me invade una agridulce sensación. 

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