sábado, 1 de mayo de 2010

De como Giambattista Basile retrató sin miramientos la tan vilipendiada Generación Ni- Ni en su magnífico aunque poco conocido Cuento de los cuentos.



En el siglo XVII, un escritor llamado Giambattista Basile recopiló los relatos de la tradición oral de su tierra y los vertió al napolitano en un libro lleno de ingenio, sátira, crueldad, gracia, impudicia, malicia, amor y otros sentimientos humanos protagonizados por necios, princesas, ogros, pulgas, hadas, gatos, reyes y demás bestiario humanizado. Publicado póstumamente en 1634, dos años después de la muerte de su autor, no parece haber gozado de éxito en su época. No solo porque estaba  escrito en un dialecto difícil de entender sino porque además, en 1779, un tal Ferdinando Galiani le hace una crítica tal implacable que el libro cae herido en el peor de los pozo posibles: el olvido. Ahí permanecerá hasta que, a finales del siglo XIX, el pensador y crítico literario Benedetto Croce, consciente de su valía, lo rescata en el dialecto original que ya nadie hablaba ni entendía,... y fracasó completamente. Sin embargo, pertinaz como solo él, años más tarde emprende la tarea de traducirlo al italiano. En español lo podemos leer gracias a la traducción de César Palma (editorial Siruela).
 El Pentamerón o Cuento de los cuentos son relatos insertos en una historia marco en las que diez mujeres, Zeza la patoja,  Cecca la chueca, Meneca la papuda, Tolla la nariguda, Popa la gibosa, Antonella la cachazuda, Ciulla la jetona, Paola la bizca, Ciommetella la tiñosa y Iacova la perdularia, relatan historias para entretener en su embarazo a la caprichosa esposa de un príncipe.
La primera historia, "El cuento del ogro",  comienza así:
Se cuenta que había una vez en el pueblo de Marigliano una mujer de bien llamada Masella, la cual, además de seis hijas solteras, flacas como seis estacas, tenía un hijo varón, tan patán y tan bruto que no valía ni para el juego de la nieve, tanto es así que la madre estaba como gorrina con vinco y no pasaba día sin que le dijese:”¿Qué haces todavía en esta casa, pan maldito? ¡Ahueca el ala, granuja! ¡Largo de aquí, macabeo! ¡Qué la tierra te trague, cenizo! ¡Apártate de mi vista, zampabodigos! Me robaron de la cuna un niñito lindo, un pimpollo de oro, y en su lugar me pusieron a un marrano papanatas como tú”. Pero mientras ella no cesaba de decirle estas cosas, él no hacía sino silbar.
La tercera, "Peruonto", también está protagonizada por un personaje similar:
Una ilustre mujer de Casoria, de nombre Ceccarella, tenía un hijo llamado Peruonto, que era el más desdichado, el mayor estúpido y el más solemne zoquete que la Naturaleza hubiese creado jamás. Por ello la pobre madre tenía el corazón más negro que un estropajo y maldecía mil veces al día a las rodillas que le habían abierto la puerta a ese papamoscas, que no valía ni como cuajo de perro; pero la infeliz ya podía gritar y desgañitarse, que el pelafustán no dejaba de cagar para hacerle el menor servicio.
Yo, a la luz de una cervecita, y arrellanada en el sillón, ahora que las niñas duermen, voy a leer otro cuento del Pentamerón. Estáis invitados.

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