miércoles, 26 de enero de 2011

Leer a Chéjov

Estudio de la naturaleza, Sttraton Notch, Vermont, 1853. Asher B. Durand
Leer La estepa de Anton Chéjov es como mirar, por ejemplo, un cuadro de Turner o de Asher B. Durand: uno no espera que de pronto salga por una esquina un animal prehistorio o una ardiente belleza de la que el observador se enamore locamente solo con mirarla una vez. Uno solo desea observar el tronco  rasposo, detenerse un instante en su quebradura ¿tal vez hendida por el rayo?  y recrearse en el estilizado gesto de la rama con sus cabellos ocres condenados a la muerte.  Observar sin prisas, sin pensar en el autobús que se va o en el bizcocho que se quema o en la ausencia de cobertura. Paladear las imágenes como se paladean las palabras:
"las colinas seguían hundiéndose en la lejanía lila, sin que alcanzara a verse su final; la maleza y los guijarros aparecían por un instante; los campos segados quedaban atrás, mientras los mismos grajos y el mismo milano, agitando poderosamente las alas, volaban sobre la estepa. El aire se paralizaba y se volvía cada vez más caluroso; la dócil naturaleza se petrificaba en el silencio. No había rastro de viento, ni resonaba algún sonido alegre y vigoroso, ni se vislumbraba una sola nube".

En La estepa de Chéjov, ya les desvelo yo el misterio, no pasa casi nada; por lo tanto, ningún mal cineasta caerá en la tentación de hacer la versión cinematográfica del libro. Por eso mismo ningún vanguardista de la enseñanza podrá  aferrarse a la comodidad de poner en clase  la película para que el alumno (des)conozca  a mi querido Antón y  (de) forme de paso su bagaje literario y cultural.

En La estepa de Chéjov el protagonista es el discurrir cansinamente por un paisaje estival tan impresionante como atroz por el que pasea su mirada el pequeño Yegorushka, de apenas nueve años, en un viaje de pocos días desde su pueblo a la ciudad en la que su madre desea que estudie. Inicia el trayecto en calesa con su tío, pero este lo deja al cuidado de unos carreteros que llevan el mismo destino. Su candor infantil se verá continuamente asediado por el temor  a lo desconocido cotidiano: la juvenil arrogancia de los carreteros, el fragor de la tormenta, las historias de mercaderes y asesinos que parecen despertar de sus remordimientos en la noche... El viaje como antesala del aprendizaje...

Breve es el protagonismo de los numerosos  personajes, a  veces trazados con vaporosas pinceladas lilas como montañas sobre el horizonte: el animoso padre Jristofor, la hermosa condesa Dranítskaia, el necio Dimov,... bosquejos impresionistas que parecen puestos al azar pero que alientan el cuadro. Algunos se impregnan en nuestra retina al igual que una cantinela infantil que no podemos olvidar. Es el caso del inquietante Solomón, el hermano del no menos inquietante Moiséi  Moiséch. Solomón, aun en su carácter secundario,como los tronchos rasgados y  picudos del árbol, se aferra al primer plano con su sonrisa extraña, de loco o de iluminado. Solo un loco o un iluminado quemarían los seis mil rublos de la herencia paterna en la estufa.

Cuando Yegorushka llega su destino  intuye que en algún recodo del tedioso trayecto por la estepa ucraniana  su niñez se ha desvanecido como el humo. ¿Qué le deparará el futuro?

No concibo que el placer de leer a Chéjov pueda obtenerse de otra manera que leyendo a Chéjov.

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