jueves, 17 de abril de 2014

La historia de la bella Fata


Fotograma de Gato negro, gato blanco. Emir Kusturica. 
     De Ivo Andric solo leí Un puente sobre el Drina, novela histórica, densa y épica, en la que las palabras, como piedras, construyen el devenir de las múltiples historias y personajes que tienen en común su presencia en un ensanchamiento del puente, la kapia, que actúa como lugar de reunión o tránsito.
    A lo largo de cuatro siglos de construcción, lenta transformación y destrucción del puente que une a serbios y a bosnios, se entrelazan diversos acontecimientos, heroicos a veces, infaustos con frecuencia, cotidianos, brutales, en ocasiones esperanzados e incluso  monótonos como el ineludible paso de las estaciones.
     Una de esas historias habla de un amor imposible y trágico. Es la historia de Fata. He intentado adaptarla a mis alumnos de la ESO  evitando la descripción inicial de los espacios y de los personajes y recortando los pensamientos en la noche de la bella Fata mientras oye toser a su padre. Pero llegué a la conclusión de que adaptarla sería como cuando el profesor decide ver la película en vez de leer el libro. Es cierto que tiene mucho de guión cinematográfico, que se presta a la plasticidad de la imagen. Kusturica, gran admirador de Andric, podría hacer de ella una obra magistral. Pero no sería lo mismo que leerla. Literatura y cine se complementan cuando no se solapan. Por eso soy incapaz de comprender a esos docentes de literatura que ponen la película en vez de leer el libro. Conozco a muchos que consideran que ver La Celestina de Gerardo Vera es acercar a los alumnos a Fernando de Rojas. Hay unas cuantas formas de alejarlos y esa es una. Porque así como una imagen vale más que mil palabras, mil palabras no caben en una imagen.
   
La historia de la bella Fata 
En aquella época, se produjo en la kapia un acontecimiento verdaderamente importante; un acontecimiento del que no existía precedente y que, probablemente, no se repetirá en tanto haya un puente sobre el Drina y una ciudad junto al puente. Conmovió a toda la ciudad y se extendió lejos de ella, por otros lugares, por otras regiones, como una de esas historias que corren por el mundo.
    Fue, en realidad, la historia de dos aldeas: Veli Lug y Nezuka. Estas dos aldeas están situadas en los extremos opuestos del anfiteatro que forman, alrededor de la ciudad, las colinas pardas y los verdes alcores.
    El pueblo de Strajichta, al nordeste del valle, es el más próximo a la ciudad. Sus casas, sus campos y sus jardines están diseminados por unas lomas y empotrados en los valles que las separan. Sobre el flanco redondeado de uno de esos promontorios hay unas quince casas, sumidas en sus huertos de ciruelos y rodeadas por todas partes por el campo. Es la aldea de Veli Lug, colonia turca apacible, bella y rica, emplazada en las alturas. Forma parte del municipio de Strajichta, pero está más lejos de éste que de la ciudad; las gentes que viven en Veli Lug tienen a una media hora el barrio del mercado, donde poseen almacenes y efectúan sus negocios, como los otros habitantes de la ciudad. Entre ellos y los visegradeses no existe ninguna diferencia, si no es, quizá, la de que sus bienes son más estables y gozan de más seguridad, porque residen en tierra firme, al sol, y no corren el riesgo de las inundaciones; también se caracterizan por ser más modestos y vivir más retirados, libres de las malas costumbres de la ciudad. Veli Lug goza de una buena tierra, agua pura y una hermosa gente.LEER MÁS.

 Ivo Andric: Un puente sobre el Drina. Debolsillo, 2009.



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