viernes, 24 de diciembre de 2010

Cuento de otra navidad


Gatos callejeros soñando despiertos.
 Ahora que estoy descubriendo las obras descatalogadas de ese gran escritor del que ya he hablado en otras ocasiones,Wenceslao Fernández Flórez,  quiero compartir con vosotros un cuento suyo con marco navideño que me encanta. Es la historia de un niño mendigo, lazarillo de su abuelo ciego, que se enamora de una niña rica. El niño, que siempre tuvo "el vicio de soñar", en las largas jornadas mendicantes se entretiene soñando con su amada e imaginando que... Pero es mejor que lo leáis, aquí está:

    Todos los días mi abuelo y yo nos situábamos cerca del pórtico de san Cosme. Mi abuelo era alto, era enjuto: entre la orla de sus barbas enmarañadas, la roja nariz semejaba un grueso goterón de sangre a punto de resbalar de la frente hasta el pecho; sus ojos sin luz estaban siempre abiertos. Cuando entraban los fieles en la iglesia, los niños lo miraban temerosos y se apretaban contra sus madres. A veces aún sueño yo con él y lo veo tal como era, encorvado ya por la edad, envuelto en su sucia zamarra, apresando aquel grueso garrote con que tanteaba el suelo al andar. Siento aún, entonces, la presión de su enorme mano nudosa en mi hombro de lazarillo. Cuando la desdicha me amarga, aquella presión parece hacerse amistosa y decirme:
     _ ¡Eh, pequeño Esteban, acuérdate de aquellos tiempos nuestros!... ¿No te parece que, por mal que te vaya ahora, eres feliz?...
     Vivíamos en la boardilla de todos los cuentos de mendigos. La conocéis bien para que os hable yo, una vez más, de las puertas mal ajustadas por las que el viento helado penetra, y del roto colchón tendido sobre las tablas del piso y de la estrecha ventana donde un vidrio quebrado no había sido sustituido jamás. Mis hermanos se arrastraban como vermes entre los destartalados cachivaches, con las piernas rojas al aire. En las noches de lluvia, una gotera simulaba en la estancia un apagado ruido de reloj: “tac-tac”, “tac-tac...” Os digo en verdad que era una vida miserable. La costumbre llega a atenuar los sufrimientos; pero aún así, cuando yo pude izarme por la cadena de un buque y esconderme en la sentina, cuando sentí la trepidación de las máquinas que nos impulsaban hacia América, tuve la más grande alegría de mi vida.
     En aquellos tiempos, ya tenía el vicio de soñar. SEGUIR LEYENDO

En Tragedias de la vida vulgar, editado por Ediciones 98.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Manteca de jamón

procedencia de la imagen
     Cuando vi en Las Noticias a un lloroso niño traumatizado porque, siendo él musulmán, el profesor osó mencionar el jamón, me fijé sobre todo, en los gestos de la madre, asintiendo ella compungida ante la afrenta sufrida por su pequeñuelo. En ningún momento pensé en su procedencia árabe.
     Yo solo vi a un niño malcriado y a una madre que lo apoya, es decir, más de lo mismo pero con una anécdota simpática. Que el niño sea musulmán y el motivo de la queja no me parecieron  trascendentes, más allá del rubor que debieron sentir muchos miembros de la comunidad árabe, cuyos líderes calificaron la denuncia presentada por la madre de "soberana tontería", y de las molestias sufridas por el profesor, obligado a declarar ante un juez (espero, por lo menos, que el ayuntamiento de Trevélez le regale un jamón,  porque yo, la próxima vez que vaya al Sur, a lo mejor, en vez de comprarme uno en Serón, me acerco a Granada).
     La anécdota podría quedar ahí si no fuera porque al día siguiente, casi sin quererlo, mientras apoyaba mis codos en la barra del bar de un hospital,  me vi envuelta en la polémica sobre el caso en uno de esos programas televisivos matutinos de gran audiencia nacional en los que los contertulios son expertos en todo y donde cada uno expone con virulencia su dogma de fe. Una, la más versada y respetada, defendía denodadamente al sufrido pimpollo frente a la poca pedagogía del profesor (sí, aunque los efluvios tabernarios me impedían el seguimiento total del acalorado debate, oí varía veces la referencia a la poca pedagogía  del profesor, que, en vez de contestarle áridamente al atribulado alumno, debió tener en cuenta la sustancia mantecosa y  etérea  con la que están compuestos nuestros alumnos. ¿No sabe él acaso que los angelitos se han educado sin defensas ante la frustracción, el esfuerzo y la diversidad de pensamiento? Hagamos de un capricho infantil un problema nacional, crucifiquemos una vez más al maestro e interpongamos la justa denuncia cada vez nuestros hijos suelten una lágrima de cocodrilo en el colegio. Es la mejor manera de seguir desautorizando al profesor.
Yo, por si acaso, voy a aprovechar las vacaciones para aprender finlandés.  

lunes, 6 de diciembre de 2010

De guisantes y habas

Foto de Ruth Matilda Anderson, Niña con lechera. La he visto en la exposición que estará en Ferrol hasta el 9 de enero.
      Nadie duda del valor alimenticio de las legumbres, sea este cual sea, pero puestos a darles valores metafóricos y figurados, a las habas las imagino bastas, faltas de entendimiento y catetas y los guisantes se me figuran  juguetones, bonitos e ingeniosos. Si tuviera que aplicar estos sentidos figurados a los alumnos, sin pensarlo dos veces, me iría con los guisantes. O no.
     La metáfora, que considero desafortunada, no es mía. Se la oí una vez (no pregunten, he olvidado cuándo) a alguien que se lamentaba de que un alumno bueno académicamente hubiese caído en un grupo malo y proponía cambiarlo para el grupo de los buenos para que así  fuera uno de ellos. Vamos, dijo literalmente, es como dejar un guisante en el medio de las habas. Por supuesto no apoyé ese cambio que, felizmente, no se dio. Pero desde entonces no he dejado de pensar en ello y escribo ahora sin saber siquiera hacia donde voy.
     Con la autoridad que me da el convivir cotidianamente tanto con el grupo de las habas como con el de los guisantes les diré que las habas tienen buen corazón, se esfuerzan aunque les cueste y ¡sorpresa! hay más de un guisante entre ellas  (yo diría incluso que, cual príncipe que no sucumbe  al hechizo, algunas habas imperceptiblemente van adquiriendo el verdor saludable de los guisantes). De las habas constato que su calidad de legumbres en decadencia no les viene dada por factores intelectuales; lo que las unifica y las marca son estigmas sociales y lingüísticos: hay inmigrantes (bastante integrados) vienen de zonas rurales (bastante bonitas) y hablan, en su mayoría, gallego (bastante frecuente en la zona que nos ocupa). Como tierno contraste, los guisantitos son urbanitas (eso sí, de pueblo pequeño), de estirpe conocida (y respetada) y hablan, mayoritariamente, castellano (yo también, casi siempre, lo confieso). Entre ellos, tímidamente y sin muchas posibilidades de adaptación al medio, se vislumbra la forma achatada y blanquinosa de alguna haba. Los guisantes son inquietos y charlatanes, no muy dados a atender en las clases, ¡qué simpáticos! y pocos dudan de sus aptitudes académicas aunque algunos las escondan tras su pertinaz pereza. Cuando crecen un poco más se metamorfosean, se multiplican y se bifurcan  en especies menos vegetales entre las que destacan lo que aquí se ha dado por llamar  frikis y guays. Entonces, se producen extrañas mutaciones y algunos guisantes caen en la red friki y habas muy duras de roer se convienten en cabecillas guays capaces de hundir una clase. La adolescencia, ya se sabe, es una época de  cambios turbulentos.
     Paradójicamente el alumno-haba tendrá en la vida más oportunidades que la princesa del guisante porque tanto nosotros como él mismo desconfiamos de sus posibilidades ("Cuando el río suena...ya se sabe... pon tus barbas a remojar") y eso le imprimirá carácter. El Esfuerzo Diario vencerá a la Capacidad Dormida. Lo he visto ya muchas veces, incluso en mi condición de estudiante. Cuando yo hacía EGB en un colegio de monjas también nos dividían (siempre lo sospeché, tengo indicios) en habas y guisantes. Algunos, pobres, no salieron de la cazuela. Las habas resultaron ser muy espabiladas.¡Si las monjas levantaran la cabeza!

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