lunes, 23 de abril de 2012

Día del Libro recordando a Dickens

No, Stefan Sweig no habla ni de un futbolista guaperas, ni del cantante melódico de turno ni de la avispada escritora que ha encontrado un filón de oro hilvanando simplezas con sobresaltos. No, Sweig habla de cosas que ya no pasan en el siglo XXI, ¡hasta ahí podíamos llegar!:

“La popularidad de este autor no ha tenido parangón  en ninguna época: si no aumentó en el curso de los años fue simplemente porque la pasión llegó al límite de lo posible. Cuando Dickens  se decidió a leer en público, cuando apareció por primera vez cara a  cara ante sus lectores, Inglaterra fue presa del delirio. La gente asaltó la sala, la llenó hasta los topes, algunos entusiastas se colgaron de los pilares, otros se arrastraron bajo la tribuna, solo para poder oír al adorado escritor. En Estados Unidos la gente durmió sobre colchones extendidos ante la taquilla las noches más rigorosas del invierno  y los camareros le traían comida de los restaurantes cercanos, pero la aglomeración fue imparable  Todas las salas  resultaban demasiado pequeñas y finalmente se tuvo que acondicionar una iglesia de Brooklyn como sala de conferencias para el escritor. Desde el púlpito leyó las aventuras de Oliver Twist y las historias de la pequeña Nell.  Su fama no era  fruto de una moda pasajera; arrinconó a Walter Scott, durante toda su vida hizo sombra al genio de Thackeray, y, cuando la llama se extinguió, a la muerte de Dickens, el mundo inglés entero se resquebrajó. Gentes desconocidas comentaban entre sí la noticia en la calle, la consternación de apoderó de Londres como después de una batalla perdida. Lo enterraron en la abadía de Westminster, el panteón de Inglaterra, entre Shakespeare y Fielding; miles de ciudadanos se agolparon ante su sencilla sepultura, que permaneció durante días inundada de flores y coronas.”

 Stefan Sweig: Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievsky) Acantilado.

martes, 17 de abril de 2012

Ismaíl Kadaré , 1º de ESO y la chica que se casó con una serpiente

Ilustración de Ana Juan
Ismaíl Kadaré es un escritor albanés que me gusta mucho.
En sus novelas reflexiona con frecuencia sobre los acontecimientos históricos que han afectado a su país. Para ello, y sirviéndose de un cuidado lenguaje poético, sitúa con frecuencia a sus personajes en ambientes  irreales y oníricos que sorprenden al lector.  Una delicatessen  no apta para el paladar betsellista. Pero sí para mis alumnos de 1º de ESO.
En Frías flores de marzo  se incluye una hermosa y trágica leyenda protagonizada por una muchacha que, para expiar la culpa familiar, debe desposarse con una serpiente. La primera vez que la leí entendí que tendría que adaptarla o recortarla (procurando no hacerle mucho daño) para leerla en clase. Los de 1º de ESO han resultado ser especialmente receptivos a la lectura. Para ellos podé la historia de Kadaré cortando las ramas más altas, aquellas que coquetean con la lúcida reflexión, y me quedé con la silueta del árbol, que refleja lo que es sin mostrarlo completamente. Sólo puedo decirles que no respiraron mientras escuchaban la historia. Eso sí, no les gustó el final. Pero se están acostumbrando a la buena literatura.

La muchacha que se casó con la serpiente:
Extrañamente, nadie recordaba la culpa en que había incurrido la familia o el clan de la muchacha. La terrible falta que sólo podía ser lavada con su sacrificio.
Cuando su padre la había llamado a la sala de los huéspedes para hablarle, ella había esperado cabizbaja la condena. Es severa, le había advertido el padre por segunda vez: cualquiera que sea, yo obedeceré padre. Había tomado la decisión de obedecer aunque se tratara de encerrarse en un convento, de casarse con un nonagenario, incluso de lo más aterrador: ser emparedada en los pilares del nuevo puente.
Estaba resuelta... Y sin embargo, cuando oyó pronunciar la sentencia se puso pálida como la cera. ¿Qué es lo que has dicho, padre? ¿Que debo desposarme con una serpiente? La esperanza de que hubiera oído mal se disipó al instante. En efecto, debía casarse realmente con una serpiente. No con un hombre al que hubieran adjudicado ese apelativo a causa de su felonía, de su aspecto o quién sabe qué otro motivo, sino con una verdadera serpiente.
Se llevaron a cabo pues las nupcias de acuerdo con los ritos, con la sola diferencia de que no fue la esposa quien hubo de trasladarse a casa del novio, sino el esposo quien fue conducido a la casa de la novia. Lo llevaron metido en una cesta colocada a lomos de un caballo. La noche cayó y la joven desposada, a la que ahora llamaban “la mujer de la serpiente”, fue conducida a la estancia nupcial donde él la esperaba.
Nadie en toda la aldea consiguió pegar ojo. Todo el mundo esperaba oír el grito de la desgracia. El de la novia mordida por su esposo. El grito de la familia que acababa de encontrar a la muchacha muerta.
Pero la noche trascurrió apaciblemente y de idéntico modo se levantó la aurora. Todos pudieron ver a la novia con aspecto adorable, exhibiendo aún en las mejillas y en el cabello las huellas de los afeites del día anterior, yendo y viniendo por la casa radiante de gozo. Sin lugar a dudas se había vuelto loca. SEGUIR LEYENDO

Ismaíl Kadaré, Frías flores de marzo (Alianza Literaria, traducido  del albanés por Ramón Sánchez Lizarralde).

viernes, 13 de abril de 2012

Meditaciones a medianoche



Si llueve saldremos a la lluvia
No, no es que haya abandonado la vida bloguera. La verdad es que ya no paro mucho por aquí porque he vuelto a pintar. Viendo todos los días el paisaje de la foto desde la ventana era previsible que los viejos pinceles (esos que tiritaban bajo el polvo como los cuchillos de Lorca) desempolvasen las telarañas de sus pelos de petit gris y tomasen la iniciativa de incorporarse de nuevo al universo de las sensaciones, siempre plagado de gratos obstáculos que vencer. Aunque he de decirles que no me mueve el vil peculio como a Damien Hirst (¿seremos el hazmerreír de la galaxia cuando alguien  - el niño del cuento "El traje nuevo del emperador", por ejemplo-  repare en que el soberbio mundo del arte contemporáneo  admira una obra llamada Mil años consistente en una gran caja transparente con gusanos y cientos de moscas revoloteando en torno a la sangrante cabeza de una vaca? ¡No lleva nada. Pero si no lleva nada! empezará a gritar el niño del cuento ante la narcotizada turba ). Es que soy muy ignorante, dirán los entendidos. Yo, que me formé tarareando el Aqualung de Jethro Tull mientras pegaba en las carpetas del instituto  láminas de Van Gogh, Modigliani, Klee y Millet,  no logro captar la magistral irreverencia de La alfombra de pipas de porcelana de Ai Weiwei en la Tate Modern. ¡Con lo que ha costado! Y me veo ya muy vieja y muy pelleja  para apreciar las sugestivas y conceptuales telas plateadas de Jacob Kassay (si tuviera óleos con sedimentos de plata, con quevedesca intención susurraría "si fueran plata los pigmentos, vacío su bote fuera, y, diligentes,mis dedos los pelaran por vendellos").


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