lunes, 7 de enero de 2013

Arquitecturas, literaturas y docencias.


Óscar Niemeyer visto por Walter Toscano.
Palabras del maestro: "Si uno se preocupa solo por la función, el resultado es una mierda"
El 5 de diciembre de 2012 fallecía a los 104 años de edad Óscar Niemeyer, el arquitecto que no podía estar parado, el pesimista que creía que el tiempo cósmico es tan corto  "que uno tiene que mirar al cielo y darse cuenta de que es pequeñito, de que hay que ser modesto, de que nada es importante".
El constructor de Brasilia protagoniza un interesante documental,  La vida es un soplo,  en el que expone sus ideas sobre la función de la arquitectura: "La arquitectura es algo que tiene cierta fantasía, igual que la poesía". Considera Niemeyer que en la arquitectura el factor sorpresa es muy importante, la belleza es importante. La capacidad de sorprenderse ante algo bello es fundamental y no tiene por qué contraponerse a la función para la que está destinado el edificio. Me gustan los edificios de Niemeyer, ese choque con la naturaleza y a la vez esa integración en ella. El ojo humano debe acostumbrarse a su presencia. Su creador es un artista consciente de querer alumbrar una obra de arte, no es un mero burócrata que piensa exclusivamente en la utilidad de su obra.  Está claro que la inspiración no puede hacernos perder la cabeza. De nada serviría el más bello y grandioso hospital sin rampas o quirófanos cómodos y bien iluminados (o un aeropuerto en el que un escaso espacio de giro impida aterrizar a los aviones). Pero he comprobado que la belleza influye en el estado de ánimo, al igual que un aroma o una sonrisa.

Si observamos las edificaciones de muchas ciudades comprobamos que algunos arquitectos se han preocupado exclusivamente por la función. Rectangulares cajitas de cerillas, aceradas cajas de zapatos, indigestas cajas de galletas, contundentes cajones de hormigón armado lanzados  al tiempo cósmico con la única finalidad de servir de parapeto, de cubículo en ciudad dormitorio. El resultado es una paradoja: adormecen y perturban, agitan el ánima y la vuelven indolente. Por eso muchos buscan el locus amoenus, el lugar agradable, fuera de ciudad, tan cargada, por otra parte, de estímulos y extraversiones. ¡Lo que puede llegar a conseguir un burócrata del cemento, un urbanista sin imaginación, un técnico sin capacidad para sorprender!

Sustituyamos ahora al arquitecto por el escritor, pensemos en la construcción de una novela. Imaginemos también un aula  llena de alumnos observando al profesor ...¿Podríamos extrapolar la reflexión?, ¿nos valdría la reflexión de Niemeyer?: "Si uno se preocupa solo por la función, el resultado es una mierda"

4 comentarios:

Joselu dijo...

Interesante derivación conceptual desde la arquitectura a la pedagogía: si uno se preocupa solo por la función el resultado es una mierda… Pienso en esta máxima y no sé qué decir, y ya es porque hablo (escribo) aun debajo del agua. Si no nos preocupamos solo de para qué sirve algo (el acto educativo) y perdemos noción de su belleza en sí, el resultado es una mierda.

Hum, tengo que pensarlo.

Hubo un tiempo en que pensaba en el acto educativo como profundamente estético y lo he ido cambiando a una mera supervivencia en un territorio hostil. Sin duda, algo he dejado en el camino.

La arquitectura y la pedagogía han perdido belleza, y nuestras ciudades son esencialmente feas en una serie de impulsos sin alma que constituyen los edificios que carecen de armonía como la que tienen los cascos antiguos como pequeñas joyas de tantas ciudades. Cuando la arquitectura pasó a ocuparse solo de la función y olvidó la belleza, se convirtió en lo que son las ciudades modernas. Cuando la pedagogía olvidó la belleza, se convirtió en lo que hoy son la mayoría de los centros: correccionales rodeados de verjas, obligatorios, en los que no crece el conocimiento sino la blasfemia si aun supiéramos lo que esta supone.

Sigo pensando.

Gracias.

Hortensia Lago dijo...

Joselu, es difícil convertir el acto educativo en estético cuando se educa en un entorno hostil. Y en eso yo llevo ventaja porque trabajo en un centro de alumnos nada problemáticos.
Y creo que estamos desaprovechando esos pequeños reductos en los que es posible otro tipo de enseñanza.

A lo largo de mi vida laboral me he ido cruzando demasiadas veces con docentes que quieren hacer rápido su trabajo y marcharse a casa, que apenas conocen a los alumnos, que no hacen ningún esfuerzo por deshacerse de los ejercicios del libro de texto, pero que se quejan constantemente de la apatía del alumnado sin reparar jamás en que eso es lo que transmiten.

Creo que la tarea del educador pasa por no tomar asiento (como decía Aute: el pensamiento no debe tomar asiento), por buscar constantemente la fórmula para convertir sus enseñanzas en algo que realmente trasmita conocimiento e interés. ¿Utópico? Sí, sobre todo en un entorno hostil. Pero, a pesar del desánimo, a pesar de los fracasos,a pesar de las rendiciones, si no perdemos de vista esos "cascos antiguos de las ciudades", a la larga percibiremos resultados.

Lo importante es la actitud, aunque los resultados tarden en verse. Y yo he descubierto en la blogesfera multitud de Niemeyers como tú.
Un abrazo.

Helmanticae Maria dijo...

Te acabo de descubrir y estoy encantada contigo. He utilizado tu entrada como texto para un examen de PAU (no me he olvidado de poner quién lo firma). Ya te contaré los resultados.

Gracias.

Hortensia Lago dijo...

¡Gracias por tus palabras, Helmanticae Maria!Y por creer que es un artículo digno de aparecer en un examen. Espero que tus alumnos no sufran mucho con él. Ya me contarás, estoy deseando saber qué opinan.
Un abrazo.

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