domingo, 24 de julio de 2016

Para eso están los maestros


Leszek Bujnowski
He visto a un niño tirar una lata de refresco en la calle, así, sin mirar atrás, como si el entorno fuera un inmenso basurero al servicio del estómago. A su lado, una madre giraba la cabeza con ojos perdidos ante la percepción de un sonido, una lata rebotando en la acera, solo eso, nada que recriminar al niño. Para eso están los empleados de la limpieza, he oído muchas veces, como otras he oído para eso están los maestros. 
A esa madre me la he encontrado más veces. Incluso un día me llamó. Parece ser que mi número de teléfono se parece bastante al número de un centro de salud cercano, así que ya me ven, corriendo escaleras abajo cada vez que, a las ocho de la mañana, suena como  grillo enjaulado el artilugio vil. Disculpas en el aire, señales amables por el sonrojado equívoco, creerán ustedes. Pues no, a veces, muchas veces, la respuesta es el portazo, el inaudible clic que desdeña al brazo perplejo en el aire como cuando descubres que no te van a responder al saludo. Para eso están los teléfonos y todas las máscaras que nos permiten el anonimato. Esa madre era ella. Como puede ser un padre. No quisiera hacer distingos de género, tal y como se enseña en la escuela.
Es que para eso están los maestros. Para concienciar sobre la necesidad de preservar el medio ambiente, para enseñar los rudimentos básicos de las normas de cortesía, para educar en la igualdad entre hombres y mujeres y en el respeto hacia todas las manifestaciones culturales, sociales y religiosas, para tomar conciencia del mundo circundante y diverso y fomentar actitudes empáticas y solidarias hacia nuestros semejantes. Además de eso no estaría mal que también trabajasen un poco y diesen de forma dinámica y creativa sus clases de Historia, Matemáticas, Lengua, Tecnología y demás disciplinas. Sin olvidar, por supuesto, la burocracia impuesta por los pedagogos administrativos como zancadilla sutil e ineludible por parte de  quien nunca ha entrado en un aula hacia quien se sumerge en ella.
¿Me estoy quejando? No. Desde los centros de enseñanza se lleva haciendo eso, con mayor o menor acierto, desde hace años. Y los estudiantes, cual fruta que ha llegado a su punto de madurez, salen de la escuela hacia el mundo exterior con su bagaje de conciencia, educación y conocimientos. Algunos también dejarán que sus hijos tiren las latas al suelo y pensarán para eso estan los empleados de la limpieza como quien piensa para eso están los maestros. Pero eso no se lo habrá enseñado ningún maestro porque la casa pesa más que la escuela. De nada sirven los remedios milagrosos de botica para el colesterol si en familia el alimento es una hamburguesa chamuscada con patatas de bolsa. Una niebla extraña parece haberse cernido por los intersticios de algunos hogares. Es la dejadez, el abandono de lo propio, y eso no lo va solucionar ninguna escuela.

Escribir esto me ha hecho recordar (así, sin que tenga una clara relación con lo anterior) un documento de 1734 sobre el hundimiento de la Escuela de Ohanes (Almería), en la que un maestro se queja al alcalde sobre el mal estado de una viga. Llegó a mí hace ya muchos años y ahora lo encontré en internet.  Creo que, como la historia es a veces circular, puede llegar a repetirse. Dejo AQUÍ el enlace.

viernes, 15 de julio de 2016

El ser humano es el único animal que utiliza el lenguaje para expandir el odio

Alberto Durero

El hombre es un animal que habla, decía el filósofo. Primero fue la palabra y luego el pensamiento. Ambos están íntimamente ligados. No es casual que en las sociedades más represivas se impida el acceso a la cultura, al pensamiento. O se desprecie vilmente. Los héroes de nuestro tiempo son personajes que no saben articular palabra pero que se sienten poseedores de una flota de riquezas materiales que podrían dar de comer a una nación. Mandatarios de nuestro país se expresan en un registro lingüístico coloquial pobre en formas como exhibirían, si hiciera falta,  un calcetín roto tras el zapato de marca, como muestra de campechanía para acercarse al pueblo llano, abotargado de consumismo salvaje y programas televisivos donde la idiotez y el vacío campan a sus anchas sin vallas ni rejas ni policía que impidan su entrada.Las redes sociales participan de esa vorágine que atrofia el pensamiento lúcido indicando qué noticias del mundo  deben convertirse en trending topic haciendo honor al significado del anglicismo: tema, tendencia, del momento, del momento presente. Solo eso. Mañana será otro.

Estos días  la tendencia es la muerte de un torero. La muerte de un hombre ejerciendo un oficio de riesgo frente a un animal que pesa alrededor de quinientos kilos y que debe morir para gloria del matador. Algunos creen que ese oficio es arte, espectáculo y desean su permanencia. Otros defienden que ese hombre y sus iguales son asesinos y desean su muerte.  Hay muchos oficios que conllevan sufrimiento y muerte: millones de personas trabajan en condiciones infrahumanas para grandes multinacionales (y no me pareció que el desplome del edificio Plaza Rana fuese trending topic el breve momento de su caída); armas de todo tipo están al alcance de cualquiera pero dudo que alguien se alegre de la muerte del heredero del imperio porque es probable que pocos se interesen por las familias que mueven el mundo a su antojo; miles, quizás millones de niños, no se sabrá, mueren en las minas de África para que el mundo civilizado pueda ser feliz en este engaño de espejos deformados. 

Pero a mí, que me pierde el lenguaje, de esa tendencia que mañana estará en el pozo del olvido lo que más me ha llamado la atención es el odio lingüístico que destilan los teclados de algunos defensores y detractores del toreo. Eso los aúna como aquellos extremos que se juntan. Parece ser que un maestro, jactándose de serlo, mostraba su desbordante alegría por la muerte del torero con expresiones como: "Nos mearemos en las coronas de flores que te pongan, cabrón". La respuesta viral llegó del supuesto ingenio de un humorista que deseaba que "en España existiera una ley para encerrar a los hijos no deseados de perras pestilentes". Era la llamada, el detonante para que se expandieran los "Dos minutos de Odio" (entenderán esto los que hayan leído 1984 de George Orwell, pelos como escarpias se me ponen cuando pienso en la literatura de ciencia ficción). A partir de ahí, las redes sociales se encharcaron de insultos y odio.


140 caracteres no dan para una argumentación sólida, pero sí para el sarcasmo y la ironía. Pero si practicas esas licencias inteligentes del lenguaje puedes acabar en la cárcel por apología del terrorismo. Lo que queda es el insulto, la palabra fácil, la respuesta sin cautela, el verbo irracional, el significante vacío.  Ese es el poder de los que, desde una sombra siniestra, manipulan el pensamiento y el lenguaje. Desde esa sombra alguien se felicita sin necesidad de articular una sola palabra.


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