sábado, 7 de enero de 2017

Los libros no son sagrados.


Kafka, Alicia, Pippi, Gerónimo. Todos, aunque no lo parezca, están aquí.


     Para los que leemos de forma habitual el libro es un objeto de culto. Así como unos no pueden evitar pararse ante los escaparates de ropa o de comida o de recambios neumáticos, un apasionado del libro verá reflejada su silueta  en todas las lunas que muestren la promesa de vidas y visiones diferentes a la de la repetitiva cotidianidad.  Decía Borges que el libro es una extensión de la imaginación y de la memoria. Y ahora se me ocurre pensar que el mundo va hacia donde va porque le falta la rebeldía que nace con la imaginación y le falla la memoria que siempre está a tiempo de reconquistar en los libros.
     La capacidad de concentración aumenta al entrar en una librería y, aunque afuera arrecie la canícula o el frío invierno nos aturda con el aullido húmedo del vendaval, no hay mejor refrigerio que la promesa de una historia inexplorada ni mayor abrigo que el susurro de las hojas en su tránsito hacia la búsqueda y el conocimiento.
     Para los que consideran el libro como un objeto sagrado tirar un libro es una profanación, un acto de tal irreverencia que no se puede pensar en ello sin sentir un escalofrío de desconcierto.
     Por lo mismo, porque el libro es sagrado y en él se esconde la verdadera esencia del ser humano y de la vida, con sus bondades, inquietudes, logros, fracasos, desalientos y demás emociones, por ello y mucho más, quienes consideramos al libro un objeto sagrado no podemos pensar siquiera en la posibilidad de la censura. Defendemos con vehemencia la independencia del creador porque somos conocedores de obras imprescindibles que se vieron a un traspié de acabar en la pira de la intransigencia.  En 1857 Gustave Flaubert y Charles Baudelaire fueron llevados a juicio por escribir obscenidades el primero y por hacer apología del mal el segundo. Tiemblo al pensar que, en  estos tiempos aliados de la prisa, lenguaraces voces sin sentido del contexto puedan condenar al poeta maldito francés como inductor a la violencia de género. Juzguen ustedes si no:  El vino del asesino
     Hace unos meses levantó polvareda en las redes una polémica acerca de una obrilla infantil que, en formato autoayuda y a modo de consejos con pretensión humorística, incita a niños y niñas a la desobediencia caprichosa y a un cierto desprecio hacia los demás. Sí, leí el libro antes de la polémica y me desagradó que tras un envoltorio inocente, con la promesa de pegatinas al final, se escondiese justamente la opción vital que no queremos transmitir muchos de los  que nos embarcamos diariamente en las aulas intentando el desarrollo de un pensamiento crítico que nos haga fuertes ante los diferentes tipos de manipulación y que fomente, sobre todo, el respeto hacia los demás, sin olvidar la dosis de rebeldía y transgresión que nos han ofrecido, a través de la ficción, tanto Pippi Calzarlasgas como Charles Baudelaire, por poner dos ejemplos.  
     Muchos pidieron la retirada del libro por considerar que su lectura puede abrir puertas al acoso escolar que ya es mal extendido en un país y en una escuela que solo reacciona  (y no siempre) cuando, como indicaban todos los pronósticos, las lluvias torrenciales inundan las casas con tejas desplazadas en los tejados desconchados. 
     Otros clamaron al cielo porque los libros no se prohíben ni censuran. Lo que está escrito es sagrado. La palabra impresa es un tatuaje inquebrantable como un dogma de fe por los siglos de los siglos amén.
     Yo, he de confesarlo, a veces entro en las librerías  y cual Cervantes atrevido, a quien no le tembló la pluma en ristre al lanzar a la pira del olvido todas las novelas de caballerías y demás bodrios de su tiempo, pienso que no, que el libro no es sagrado. 


2 comentarios:

Wineruda dijo...

Hola

Interesante y difícil tema. Comprendo lo que dices, pero existe un problema: para “prohibirlos” hay que legislar, con ello das el poder de decisión a un político que pondrá las condiciones a su antojo, y como no creo ni en la virtud ni la honestidad de ellos, creo que lo hacen a su beneficio, esa ley es una puerta abierta para prohibir al enemigo ¿Dónde la frontera? No lo sé, supongo que obviando el que las editoriales se autocensuren (el dinero nunca se censura), existe el interés que ponga el comprador en lo comprado para sus hijos o niños, en la ética del vendedor, Y supongo que se debería crear un observatorio neutro que aconseje y de valor, o lo quite, a escritos que aparecen por ahí: porque luego está el poder del lector y el consumidos, nunca usado, de eliminar cierta editorial de sus compras(pero es demasiado peligroso, similar al político o el mismo)

Cuídate

Hortensia Lago dijo...

Hola, Winewruda.
No soy partidaria de la censura en las formas artísticas y observo con estupefacción la deriva social y política hacia el recorte en las libertades de expresión. Lo vimos con los titiriteros en Madrid, con el rapero César Strawberry, con los tuits de Zapata, y un largo reguero de desafortunados comentarios que invitan a medir las palabras porque la consecuencia no es la mera reprobación sino que pueden suponer penas de cárcel. No son buenos momentos para rupturas vanguardistas. En mis clases de Literatura Universal he contado muchas veces la anécdota del escándalo provocado por Alfred Jarry con Ubú Rey, al comenzar la obra con un rey que dice ¡Mierda!La sociedad puritana de la época sintió el calambrazo de la provocación. Hoy en día el puritanismo lo invade todo aunque no seamos aún conscientes de ello.
Mi reflexión no lleva a ningún camino, yo tampoco tengo respuestas. Veo mala literatura en las estanterías y es la que más se vende. Solo quería decir que quizás no todo valga, que necesitamos recuperar la calidad, esa palabra...
Que tengas un buen día.

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