sábado, 25 de noviembre de 2017

Tres tomas de conciencia para el Día Internacional Contra la Violencia de Género

TOMA 1. La Manada
La Manada es el nombre de un grupo de hombres dueños de una aireada afición a las drogas, al alcohol y al sexo bestia. Su palurda vanidad los llevó a alardear de sus actos en un  grupo de wasap y esos mensajes ahora están en las redes sociales y en los medios de comunicación. Sus palabras los delatan como zangones de poca sal en la mollera, nulo conocimiento de las normas morales elementales que definen al ser humano, escaso sentimiento de empatía hacia los demás, desprecio basto, primitivo y cruel hacia las mujeres, animalismo brutal e instintivo en sus actos y en sus pensamientos. Han violado a una chica de 18 años en los Sanfermines  y están siendo juzgados por ello. Parece que todas las pruebas objetivas los inculpan
Sin embargo, las propias redes sociales y los medios de comunicación nos obligan a un descenso a los infiernos, a darnos de bruces con una sociedad que, tantas veces adormecida ante las injusticias y las manipulaciones, despierta con una duda al trascender que la víctima, lejos de corresponderse con un perfil de joven apocada y superada por las circunstancias, adopta la apariencia de seguridad y distanciamiento de los hechos. Si no está mesándose los cabellos y engordando a base de tranquilizantes feroces, su actitud es abono para la sospecha: ¿fue violación o fue acto acordado?;¿por qué entró con ellos en el portal?, ¿por qué siguió con su vida como si nada hubiera pasado? En el entorno de los enjuiciado muchos los defienden porque "son buenos chicos" que nunca han dado que hablar. La desconfianza planea sobre la víctima, una adolescente de 18 años que, confiada o desinhibida, no tardó en hacerse amiga de unos lobitos traviesos. La víctima debe demostrar su inocencia y los abusadores defienden pasmados su actuación esperando que un resbalón de la muchacha los libere y los devuelva a su entorno de novias fieles, abnegadas y comprensivas. 

 TOMA 2: El túnel
En 1948 el  escritor argentino Ernesto Sábato nos dio a conocer en  El túnel los celos desatados y la obsesión enfermiza del pintor Juan Pablo Castel hacia una mujer, María. El propio Juan Pablo, en uno de los inicios de novela más perturbadores de las letras hispanas, nos sorprende con su confesión: "Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne".
Muchos años después, en 2016, un grupo de alumnos y alumnas de un instituto bien al norte, ganan el III Concurso de Guións contra a Violencia de Xénero, organizado por la Diputación da Coruña con un guión inspirado en Juan Pablo Castel. Como profesora que los vio crecer desde 1º de la ESO hasta 1º de bachillerato no puedo estar más que orgullosa de la evolución  y madurez que los está llevando a tomar conciencia crítica del mundo en el que viven y del que quieren ser partícipes para mejorarlo. El cortometraje pone su dedo ácido en los micromachismos, esos bichitos...

 


 Toma 3: La educación
Por mucho que hoy las redes sociales se llenen de buenas intenciones, el colectivo más vulnerable de sufrir violencia de género es la adolescencia. Todos los indicadores lo señalan. Nada podrán hacer las buenas intenciones si no se da un paso de gigante en la educación. Los micromachismos son pequeñitos pero invasivos como la hiedra trepadora, a modo de gestos imperceptibles  que calan más que el calabobos, sutiles usos que dañan más que las termitas. Letras de canciones raperas y traperas que insisten en la necesidad de que las chicas estén preparadas para satisfacer al macho, moda que sexualiza  a las niñas con el reclamo de una ansiada rebeldía juvenil, en los videojuegos presencia femenina pasiva o sexualizada (o  inexistente como en la ciencia, que los avances de la humanidad son cosas de chicos, pregúntaselo al libros de texto), mayor promoción de grupos musicales masculinos (el rock también es cosa de chicos pero en las letras la protagonista es la mujer, como sucede desde siempre en la historia de la literatura o las artes, y como se ve en los libros de texto.)... Y cuando hablo de educación soy consciente de que la escuela no puede hacer mucho si no hay una toma de conciencia por parte de padres y madres (esos seres a veces en la inopia) y sobre todo, por parte de las instituciones. Pero, ¿cómo luchar contra gigantes si incluso las campañas organizadas por algunos ayuntamientos resultan torpes, ambiguas (¡ay, lo que valen las preposiciones y los  pronombres personales bien puestos!) o tan poco afortunadas (banco de chistes malos para manadas descerebradas) que tendremos que dar la razón a la ley de Murphy?



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