miércoles, 25 de noviembre de 2009

CRISTINA DE PIZÁN Y SU DEFENSA DE LA MUJER

Ahora que andamos con celebraciones institucionales por el Día Internacional contra la Violencia de Género recuerdo que en el DOGA del 23 de junio de 2008 (donde aparecen recogidos los contenidos de las diferentes asignaturas) leo como en el Currículo de Lengua Castellana y Literatura de 1º de Bachillerato se incluye el estudio de la labor de las mujeres escritoras en las diferentes épocas: "Panorámica general de la presencia de las mujeres escritoras en el canon literario de la época" o "La conquista del espacio público por parte de las mujeres escritoras". Curiosamente, los libros de texto olvidan completamente estos apartados y supongo que pocos se pararán en clase a hablar de aquellas mujeres que, en épocas pasadas, ofrecieron su aportación al mundo de las letras y del pensamiento.

Una de las primeras mujeres intelectuales de la literatura europea fue Cristina de Pizán (1364 -1430), dama veneciana asentada en Francia, autora, entre otras obras, de La Ciudad de las Damas (Biblioteca Medieval, Siruela). En él, la joven, tras leer un libro plagado de invectivas contra las mujeres, reflexiona acerca de la verdadera naturaleza de estas y denuncia la misoginia de la época. Las palabras de Cristina de Pizán me parecen apropiadas para una reflexión en el aula porque -si lo leéis lo comprobaréis- lejos de resultar obsoletas, y salvando las distancias, se asemejan a la forma de pensar de muchas mujeres que se han sentido despreciadas. Así comienza:

"Sentada un día en mi cuarto de estudio, rodeada toda mi persona de los libros más dispares, según tengo costumbre, ya que el estudio de las artes liberales es un hábito que rige mi vida, me encontraba con la mente algo cansada, [...]. Estando en esta disposición de ánimo , cayó en mis manos cierto extraño opúsculo[...] que tenía como título Libro de las Lamentaciones de Mateolo. Me hizo sonreí, porque, pese a no haberlo leído, sabía que ese libro tenía fama de discutir sobre el respeto hacia las mujeres. [...]. Pese a que ese libro no haga autoridad en absoluto, su lectura me dejó, sin embargo, perturbada y sumida en una profunda perplejidad. Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados.[...] no hay texto que esté exento de misoginia. [...] Volviendo sobre todas estas cosas en mi mente, yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter y mi conducta y también la de otras muchas mujeres que he tenido ocasión de frecuentar[...]. Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado. Pero, por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni admitir como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres. Al mismo tiempo, sin embargo, yo me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros[...] hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusara o despreciara a las mujeres. Este solo argumento bastaba para llevarme a la conclusión de que todo aquello tenía que ser verdad, si bien mi mente, en su ingenuidad e ignorancia, no podía llegar a reconocer esos grandes defectos que yo misma compartía sin lugar a dudas con las demás mujeres. Así, había llegado a fiarme más del juicio ajeno que de lo que sentía y sabía en mi ser de mujer.[...].
Abandonada a estas reflexiones, quedé consternada e invadida por un sentimiento de repulsión, llegué al desprecio de mí misma y al de todo el sexo femenino, como si Naturaleza hubiera engendrado monstruos.[...].
Así, me deshacía en lamentaciones hacia Dios, afligida por la tristeza y llegando en mi locura a sentirme desesperada porque Él me hubiera hecho nacer dentro de un cuerpo de mujer.
Hundida por tan tristes pensamientos, bajé la cabeza avergonzada, los ojos llenos de lágrimas, me apoyé sobre el recodo de mi asiento, la mejilla apresada en la mano, cuando de repente vi bajar sobre mi pecho un rayo de luz [...]. Levanté la cabeza para mirar de dónde venía esa luz y vi cómo se alzaban ante mí tres Damas coronadas, de muy alto rango.[...].
Entonces, la primera de las tres damas me sonrió y se dirigió a mí con estas palabras:
-No temas, querida hija, no hemos venido aquí para hacerte daño sino para consolarte. Nos ha dado pena tu desconcierto y queremos sacarte de esa ignorancia que te ciega hasta tal punto que rechazas lo que sabes con toda certeza para adoptar una opinión en la que no crees, ni te reconoces, porque solo está fundada sobre los prejuicios de los demás. Te pareces al tonto de la historia que, mientras dormía al lado del molino, disfrazaron con ropa de mujer: cuando se despertó, en vez de fiarse de su propia experiencia, creyó las mentiras de los que se burlaban de él afirmando que se había transformado en mujer. ¿Dónde anda tu juicio, querida?"

6 comentarios:

Carlota Bloom dijo...

Una reflexión no sólo moderna: lúcida, razonable, precisa, oportuna, irrefutable. Muy interesante esta Cristina de Pizán, para mí hasta ahora desconocida.¡Un saludo!

Hortensia Lago dijo...

¿Cuántas mujeres como ella habrá que son auténticas desconocidas? Sospecho que unas cuántas.
Un saludo, Carlota Bloom.

Trapisonda dijo...

Gracias por descubrirnos este retazo de lucidez.
Un placer rastrear tu blog: pasaré por aquí a menudo. Un saludo.

Hortensia Lago dijo...

Gracias, Trapisonda, por tus palabras.A mí también me gusta tu blog.
Un saludo.

Carlos Diez dijo...

¿Cristina de Pizán? ¡Menudo texto!... ¡y de hace 600 años! ¡Y el jugo que se le puede sacar en una tertulia en el aula! Ya está costando que se recuperen para la memoria cultural escritoras, pensadoras... tan ilustres. Prometo llevar el texto a clase y difundirlo en la medida de mis posibilidades. Gracias.

Hortensia Lago dijo...

Ya que los libros de texto ignoran completamente a estas mujeres, tenemos que ser nosotros los que las rescatemos del olvido. Cristina de Pizán da tanto juego en el aula como el Arcipreste de Hita.
Un saludo, Carlos.Gracias a ti.

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