sábado, 25 de abril de 2009

DE CHISMES, CHISMAS Y OTRAS MOVIDAS



Procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”.
Juan Marsé. Discurso Premio Cervantes 2009.

Ayer, en un examen de pendientes de Lengua Castellana de 3º de ESO un alumno que hacía un ejercicio de análisis sintáctico me hizo el siguiente comentario: “Profe, aunque vaya mal alguna chisma de la movida, algo puntuarás, ¿no?”. Semejante precisión lingüística me recordó a otro alumno que en 4º de la ESO el año pasado me preguntó ante un poema que tenía que comentar:"¿Hay que hacer también el chisme de la chisma?". Reconozco con horror que en ambos casos entendí lo que querían decir. Tal es el cúmulo de muletillas, comodines y monosílabos que asolan las libretas y las bocas de mis alumnos que me he acostumbrado a entenderlos Y eso me inquieta, porque con la costumbre una rebaja su atención y casi está a punto de contestar: “Sí, claro, también hay que hacer el chisme de la chisma”.

No quiero hablar de todos los informes que nos alertan del deterioro del lenguaje que sufren los jóvenes de hoy (y sufrirán, porque acabarán siendo adultos en un mundo gobernado todavía por la palabra); informes que, por otra parte, según he oído en la tele, arrojan un atisbo de esperanza alegando que, aunque se expresan peor, poseen una mayor capacidad para manejar las nuevas tecnologías que los jóvenes de hace treinta años (¡! Sin palabras quedo).

Hoy quiero hablar de Juan Marsé, que el 23 de abril recibía el Premio Cervantes, nervioso pero contento, llevando en sus manos un discurso de ocho páginas. De su lectura no me voy a quedar con lo que ya han destacado los medios de comunicación: la defensa del bilingüismo, la nefasta influencia de la televisión, el papel del narrador o las referencias al cine. No, prefiero fijarme en la historia del aprendiz de joyero que a los trece años tuvo que abandonar una escuela que no le enseñaba nada, sólo a rezar el rosario y a cantar el Cara al sol. Juan Marsé recuerda como, cuando él tenía siete años, tuvieron que quemar en el sombrío jardín de una vecina todos los libros, revistas, documentos comprometedores, fotos, etc., por seguridad, porque su padre había estado preso por rojo y por republicano. Los pocos libros que se salvaron del escrutinio fueron leídos con avidez por el niño a su debido tiempo. Este aprendiz de joyero que después fue Premio Cervantes leía a Julio Verne, a Emilio Salgari, a Bécquer y todos los títulos que caían en sus manos de la hoy desaparecida literatura de quiosco. A los 16 años descubrió El Quijote, a Baroja, a Galdós, a Dickens,… “Tardes enteras de domingo sentado en los bancos ondulados del parque Güell, en el otoño del 49, bajo un sol rojizo y en medio de un griterío de niños jugando en la plaza entre nubes de polvo”.
Yo leí Últimas tardes con Teresa con dieciséis años, por recomendación, no por obligación, de un buen profesor de literatura que aún recuerdo con cariño, Antonio Couto. Y aún hoy recuerdo esa historia del macarra Pijoaparte que engaña a su novia, en coma tras un accidente, con una burguesa pija y progre. Pero además lo entendí perfectamente. Trescientas treinta y cuatro páginas de una historia bien trabada, con sus digresiones y descripciones, con su dosis de experimentalismo, con su lenguaje elaborado, con su crítica social. ¿Lo recomendaría hoy a mis alumnos de 4º de ESO? No. Yo, he de confesarlo, también quiero que me recuerden con cariño.

Pero entonces, el problema es que tenemos un gran problema. ¿Cómo es posible que un niño que abandona la escuela con trece años, en los años más duros y míseros de la posguerra, es capaz de leer obras literarias que, sesenta años más tarde, en la era del bienestar, no pueden leer adolescentes que acceden a la enseñanza con todas las oportunidades? ¿Cómo es posible que ese niño publique en su madurez una obra que encandila a una adolescente en los años ochenta y esa misma adolescente en su madurez no se atreva a recomendarlo a sus alumnos? La respuesta es que la pobreza léxica que invade nuestras aulas les impide comprender cualquier historia que, de comprenderla, les encantaría.

¿En qué recodo del camino nos -los- hemos perdido? No tengo respuestas pero me gustaría encontrarlas antes de empezar a sentirme culpable.

viernes, 17 de abril de 2009

LA GRAMÁTICA SE APRENDE LEYENDO Y ESCRIBIENDO

Manuel B. Cossío: "¿Por qué no suspender el abstracto estudio gramatical de las lenguas hasta el último año de la enseñanza escolar y ejercitar al niño en la continua práctica de la espontánea y libre expresión de su pensamiento, práctica tan olvidada entre nosotros, donde los niños apenas piensan, y los que piensan no saben decir lo que han pensado?"

Hay un artículo que guardo, como oro en paño, desde hace años. Se llama El gramático a palos y lo escribió un profesor de instituto de literatura cuando ya era escritor famoso, Luis Landero. No solo lo guardo sino que de vez en cuando lo desempolvo y lo leo para desempolvarme yo. Me parece un artículo de lo más acertado. Recoge completamente mi idea sobre la enseñanza de la lengua y de la literatura.
En su estilo cercano y preciso, Luis Landero ironiza acerca de tantos jóvenes “analfabetos ilustrados” que dominan los mecanismos de la gramática, que desentrañan sin esfuerzo los misterios de la sintaxis, que han diseccionado poemas, anuncios publicitarios, periodísticos, recetas, etc., pero que no han entendido nada. Y toda esa teoría lingüística se enseña – la enseñamos- para llegar a un objetivo fundamental: que nuestros alumnos aprendan a leer, a escribir, a crear, a valorar la literatura. Sin embargo, el camino es tan largo, tan laborioso, tan mecánico, tan técnico, tan absurdo a veces…que uno se pierde por asfixiantes laberintos sin llegar nunca a la meta. A Landero le parece kafkiano (“como en aquel relato de Kafka donde el mensajero del emperador no podrá llegar nunca a su meta porque la inmensidad del propio imperio se lo impide”). Y la meta debería ser la enseñanza y el conocimiento de esa “provincia” cada vez más relegada (y pienso en el desproporcionado temario de 2º de bachillerato y en el examen de selectividad) que es la literatura.
Las nuevas tendencias de la pedagogía (¿han estado alguna vez los pedagogos en las aulas?) abogan por acercar la realidad más inmediata a los alumnos (¿Cómo puede ser importante saber dónde está el río Missisippi si no conocen el río que corre por su pueblo?, decían), de aquí esa obsesión, que, a mi parecer,empieza a convertirse en peligrosa, por la enseñanza de las TIC’S. En este contexto, ¿cómo les pueden interesar a los alumnos las reflexiones de la madre Celestina cuando se dirige murmurando entre dientes a casa de Melibea, temerosa de que su treta falle? ¿Cómo pueden asimilar que las vanguardias poéticas fueron un movimiento creado por jóvenes rebeldes, inquietos, transgresores, cultos, que pretendían cambiar el mundo, y no una maraña de palabras incomprensibles puestas en un papel de forma absurda?, Y Pessoa, Lord Byron, Garcilaso, Luis Goytisolo, Quevedo, “¿qué se hicieron?”, “¿dónde iremos a buscallos?, /¿qué fueron sino rocíos /de los prados?”. ¡Ah, si don Quijote levantara la cabeza y viera a esos muy enemigos suyos burócratas de la enseñanza!
Un buen número de alumnos míos aborrece la literatura porque no solo hay que leer los textos sino que además hay que comprenderlos y, por si fuera poco, tienen que comentarlos y e incluso reflexionar sobre la forma y el contenido teniendo en cuenta la época en que fueron escritos y las peculiaridades de sus autores. Les supera. Escribir más de tres palabras seguidas inventadas por ellos a muchos les parece una tarea titánica. Con lo fácil que resulta la sintaxis, hacer oraciones en forma de árbol o de caja, frasepreposicionalenlacetérminofrasenominaldeterminantenominal, ¡tan mecánico, tan hermoso, sin necesidad incluso de comprender lo que se lee! Entiendo que, en los tiempos que nos han tocado, resulte muy descansado mantener a veinte angelitos entretenidos haciendo oraciones, aun con la conciencia atiborrada de remordimientos que nos muerden diciendo que no, que todos esos árboles centenarios creciendo en las libretas no les harán expresarse mejor ni comprender lo que leen.
Creo que debemos hacer un gran esfuerzo para cambiar un modelo que está fallando, que lleva fallando muchos años. De nada sirven el informe PISA, los planes lectores, las competencias básicas ni ningún invento salido de los despachos con el perverso fin de aumentar el gasto en fotocopias. Leed, leed, para comprender, para expresar, para valorar, ... leed aunque solo sirva para aprender lengua.

El artículo que menciono de Luis Landero está publicado en su libro: ¿Cómo le corto el pelo, caballero?, Tusquets,2003.


martes, 7 de abril de 2009

LIGERO DE EQUIPAJE.


Este año, que se cumplen setenta de la muerte de Antonio Machado, he estado releyendo los últimos capítulos de la biografía que Ian Gibson dedica al poeta: Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado (Punto de Lectura, 2007). El último viaje de Machado es largo: es un peregrinaje que comienza en noviembre de 1936, fecha en la que el poeta huye de Madrid y de la guerra – eso, sí, con su familia: su madre y su hermano José junto con su esposa y sus tres hijas-. Antonio Machado se siente viejo y está enfermo. Pero el poeta no deja de escribir, ahora defendiendo la causa republicana. Primero en Rocafort, Valencia, donde Machado pasa un tiempo relativamente tranquilo, rodeado de limoneros y naranjos, de fuentes y de luz, y recibiendo la visita de intelectuales y amigos que se preocupan por su deteriorada salud. En 1938 debe trasladarse a Barcelona. Es el principio del fin, ya no habrá retorno ni paz. En Barcelona, Machado y su familia viven en La Torre Castañer, un palacete del siglo XVIII en el que el poeta no se siente cómodo. De esta vivienda recordará dos años más tarde su hermano José:”Grandes habitaciones. Salones con profusión de espejos en marcos dorados, piano antiguo, cornucopias, litografías que amarilleaban por el tiempo y grandes y magníficas arañas.[…] Los dueños de esta morada eran por aquel entonces los ratones y la carcoma. La sensación que daba esta vieja Torre era la de que todo iba a caerse hecho polvo”. Al igual que en Valencia el escritor recibe constantes visitas. Todos quieren conversar con el maestro, con el poeta, con el amigo, todos constatan con tristeza y preocupación que su deterioro físico no cesa. La caída de Barcelona es inminente, José Machado envía a sus tres hijas al extranjero. La Nochevieja de 1938 es la última para el poeta. El domingo 22 de enero de 1939 Antonio, su madre, su hermano José y su esposa Matea parten para el exilio. Es una huida terrible, incómoda, plagada de cansancio, lluvia, frío, incertidumbre. Recuerda el filósofo Joaquín Xirau:” Cerca de la frontera los chóferes de las ambulancias que nos conducían nos dejaron en medio de la carretera, sin maletas ni dinero, al entrar la noche en un alto acantilado cerca del mar en medio de la muchedumbre que se apretujaba. El frío era intenso. Llovía abundantemente. Cuarenta personas. Mujeres. Niños. La madre de don Antonio, de ochenta y ocho años [sic], con el pelo calado de agua, era una belleza trágica”. Un hombre enfermo, viejo, -no un poeta-, un ser humano como tantos despojados de su dignidad. Machado pierde en la frontera un pequeño maletín en el que llevaba sus papeles más preciados y que el poeta había intentado poner a salvo. Llegan finalmente a Collioure, un pintoresco pueblo pesquero frecuentado a principios de siglo por artistas como Henry Matisse o André Derain. Un remanso de paz. El pueblo se vuelca con los recién llegados. Otros no han tenido tanta suerte y son desplazados a campos de refugiados, a campos de concentración. Pronto se propaga la noticia: un poeta español se hospeda en el Bougnol – Quintana. Se lo ha recomendado un joven empleado de ferrocarril, Jacques Baills, quien desconoce de momento que está recomendando su propio hotel a un poeta que él estudió cuando acudía a clases nocturnas de español. Días más tarde Baills le enseñará a Machado su cuaderno, en el que el joven había copiado algunos poemas, todos de la primera época: “Recuerdo infantil”, “Yo voy soñando/caminos de la tarde”. Machado, a pesar de su mala salud, pasea por el pueblo apoyado en su bastón y espera desesperadamente una ayuda económica y un trabajo que le permitan salir adelante. No podrá ser. El poeta empeora, entra en coma y muere en su cama el 22 de febrero de 1939, Miércoles de Ceniza, a las tres y media de la tarde. Tres días después fallece su madre. José, su hermano, encontrará en el bolsillo del gabán un papel arrugado que contiene los que probablemente sean los últimos versos del poeta: “Estos días azules y este sol de la infancia”, Emotivos versos, melancólicos y plásticos, que recuerdan al Machado de la primera época. ¿La placidez que se respiraba en el pequeño pueblo pesquero le traía retazos de su niñez en Sevilla, le hizo olvidar en algún instante su tragedia? Sea como fuere, Machado, el poeta, se nos fue como empezó, con el verso sencillo, contenido, sugerente, simbólico. Ligero de equipaje.

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