jueves, 15 de abril de 2010

La literatura es un arma cargada de peligros

Caperucita y el lobo. Ilustración de Gustave Doré

Cuando Clara Sánchez afirmó al final de la Clausura del Congreso Virtual de la Lengua que "la literatura es un arma cargada de peligros" seguro que más de uno (y una) malinterpretó sus palabras. Porque Clara Sánchez (estoy convencida) no estaba pensando cuando hablaba en el sinfín de ogros, monstruos, madrastras, locos, asesinos y pervertidos que pueblan las páginas de los cuentos infantiles o los relatos de Allan Poe o El Perfume de Patrik Süskind o la Lolita de Nabokob (¿Prohibirán esta última cuando reparen en el peligro potencial que supone su lectura si el libro cae en manos de alguna inocente pero turbadora nínfula o de algún depravado cuarentón?).
Clara Sánchez pretendía decir que la literatura ofrece una visión del mundo tan plural, tan compleja, que quien se sienta tocado por el placer de leer no podrá ser fácilmente manipulado. Aquel que lee no solo se adentra en el conocimiento de otros mundos, no solo se pone en la piel de otros seres, no solo vive situaciones diversas y asiste a sus diferentes resoluciones; aquel que lee, además, aprende sin esfuerzo a expresar verbalmente su mundo, tanto el exterior, el que lo pone en contacto con los demás,como el interior, el que  lo pone en contacto consigo mismo (en serio, creo que hay personas cuyo problema principal es que nunca se han sentado a dialogar tranquila y sinceramente consigo mismas, que quizá desconocen su propia existencia ).
Ya lo decía el filósofo Emilio Lledó en el mismo congreso: "Los seres humanos somos fundamental, esencial y sustancialmente lenguaje". Si físicamente nuestro organismo es sobre todo agua y su falta nos mata, espiritualmente somos lengua y su escasez nos atrofia. La literatura no nos hará mejores, o sí, pero su cercanía contribuye, sin duda, al dominio de nuestra expresión verbal y quien sabe ponerle nombre a lo que siente, a lo que comprende, a lo que no le gusta, a lo que cambiaría, a lo que no soporta, a lo que le duele, a lo que desea, ese es más dueño de sí mismo que aquel que, pasmado ante las palabras, no las puede interpretar.
Leer tampoco nos hará más felices. La literatura proporciona momentos de auténtico deleite pero también provoca instantes de confusión, desasosiego, tristeza, ira, miedo, ... y eso no es malo porque el ser humano debe aprender a convivir con todos sus sentimientos. Los popes del progreso (¡progreso! ¡qué palabra tan polisémica y con cuántas aristas tan finas!) y los dogmáticos del pensamiento  se empeñan en manipular la literatura para ofrecer una visión sesgada de la realidad  sin reparar siquiera en que maniatar la literatura, aunque sea con el candoroso fin de ofrecer una visión dulcificada de la vida,es una traición a la literatura.

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