sábado, 2 de octubre de 2010

El bosque animado

Viejo castaño del Caurel. Llegué a pensar que en cualquier momento se atrevería a hablarme.

                          
La fama es un valor perecedero y caprichoso. Sin que podamos retenerla se disuelve como el humo y desaparece dejando en el aire una tenue cadencia, un hilo de cometa invisible a las miradas. Del azar depende que, inesperadamente, alguien recobre ese hilo y lo salve de la oquedad del olvido. Digo esto pensando en Wenceslao Fernández Flórez, un escritor de amplia trayectoria periodística y literaria, cuyas obras, a excepción de la que hoy nos ocupa, están descatalogadas. De su narrativa me gustaría leer  las colecciones de cuentos en las que el elemento fántástico y supersticioso se inserta en lo cotidiano, como sucede en Fantasmas o Tragedias de la vida vulgar. En este último volumen se encuentra un relato de vampiros,onírico e inquietante,  El claro del bosque, que también publica Alianza en su Antología de cuentos de terror,3.

Hace unos días he ido al Caurel, no demasiado lejos (y tan lejos) de la casi desaparecida  fraga de Cecebre que retrató Fernández Flórez en su entrañable novela  El bosque animado. Y allí,  mientras caminaba sin prisa por congostras y rueiros creí oír  - no miento- la risa de la infeliz  Pilara y el suave correteo  angustiado de Furacroyos, canté con los árboles la alegre canción que imita a la presa del molino, y temí encontrarme en la hosca umbría de los sequeiros de Mostad con el bandolero Fendetestas (por si las moscas, ¡oh ,el odioso pueblo pardo! fui repasando mentalmente tácticas de regateo para no perder con él las escasas viandas de mi mochila). Pasé por delante de casas empobrecidas y ruinosas como la choza de Marica da Fame y discurrí junto al río Lor, plácido y bello, nada hay tan hermoso como su corriente en cuanto pueden ver ojos humanos. Descansé al abrigo de viejos castaños que viven tras su muerte, porque la fraga es toda vida, es un ser hecho de muchos seres. Sin embargo, - he de decirlo-  no perturbó mi estancia la presencia del  pueblo pardo, pero sí el incordio de sus primas las avispas.

La noche de mi vuelta a casa,embriagada de  verde y musgo, adapté para mis alumnos de 1º de ESO la estancia I de "El bosque animado". Empezamos, pues, con buena literatura.

4 comentarios:

Joselu dijo...

Mi madre, que vivió en el Madrid de lo postguerra, conoció profundamente a Wenceslao Fdez Florez. Cuando voy a verla (ya es muy mayor), todo se le mezcla en el recuerdo, pero la figura del escritor gallego vuelve y vuelve a su conversación deshilvanada y caótica. Mi padre recordaba riéndose su novela El malvado Carabel, que no he llegado a leer.

En cuanto al Caurel, ¿qué decir? Ambos compartimos el placer de recorrer sus fragas y de disfrutar de ese remanso en el tiempo que supone estar en alguno de esos puebliños o aldeas de tejados de pizarra. Este verano próximo quiero volver a sumergirme en su paisaje, en su tempo lento, en su belleza maravillosa. Un abrazo.

BIBLOS dijo...

Preciosa entrada. "El bosque animado" me parece una pequeña joya. El Courel (que visité este verano) es un lugar maravilloso donde uno se puede sentir fuera del tiempo. En ambos se puede encontrar aún el sabor de lo auténtico. Saludos.

Hortensia Lago dijo...

Joselu,no es extraño que tu madre recuerde aún a Fernández Flórez,y más si tuvo la suerte de conocerlo. Creo que es uno de esos autores cuyas obras dejan una impronta profunda, por eso voy a intentar conseguir algunos de sus libros de relatos en iberlibro. No creo que sea posible hacerlo de otra manera.Por otra parte, me interesa porque en El bosque animado retrata fielmente él espíritu de la Galicia profunda, algo que, curiosamente, consiguen mejor que nadie escritores gallegos que escriben en castellano. Pienso en Valle Inclán, en Pardo Bazán y en esa trilogía que considero de lo mejor escrito en la literatura española del siglo XX: Los gozos y las sombras de Torrente Ballester (del que, sin embargo, no he sido capaz de terminar ninguna otra novela).
Al Courel hacía ya nueve años que no iba y necesitaba volver. Si pudiera, me encerraría allí una temporada para pintar y escribir.
Biblos, me alegro de que te haya gustado la entrada y el Courel. Tienes razón cuando dices que uno se siente fuera del tiempo. Cada vez quedan menos lugares así e incluso este peligra.El impacto ambiental de las pizarreras es lamentable en algunas zonas.
Bicos para los dos.

Trapisonda dijo...

Qué libro tan delicioso y tan inclasificable...Cada año que pasa le sienta mejor.
He trabajado muchas veces en clase el fragmento de los postes del telégrafo; es muy versátil: sirve para casi todo.
Gracias por recordármelo.

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