miércoles, 3 de noviembre de 2010

LA NIÑEZ PERDIDA


Estos días he seguido con una mezcla de conmiseración y espanto la noticia de la  niña rumana de diez años que ha dado a luz en un hospital de Sevilla. Cuando pensamos en una niña de diez años  nos gusta imaginarla jugando con las Moxie Girlz , coleccionando pulseras locas y dibujando corazones en la agenda de Kello Kitty porque, ¡horror! se ha enamorado de un repetidor  de 6º de primaria que se parece muchísimo a Ulrich de Código Lyoko. Al lado de esa niña de diez años tranquilizadoramente real despunta la niña de diez años que fuma a escondidas, que ya ha ido al botellón con sus primas de quince y a la que le preocupa repetir quinto de primaria porque quiere llegar cuanto antes al instituto, aunque no precisamente para estudiar. ¿Trazo un retrato real? No lo sé, yo miro para mis alumnas de 1º de ESO y las puedo encasillar, con matices y sin caricaturas,  en uno de estos dos grupos, una minoría en la inocencia de la infancia que se esfuma y otra mayoría que parten veloces hacia la adolescencia que despunta con sus diabluras de nínfula. Pero como no  las puedo imaginar por más que me lo proponga es embarazadas de un niño de trece años. Incluso el más tenue pensamiento en esa dirección que parece  una perversión.
La niña rumana no estaba escolarizada, probablemente no tendrá jamás esa oportunidad; si sigue la ley de vida de su comunidad a los treinta años será abuela, envejecida prematuramente, como la famosa niña afgana; no podrá prosperar; abandonada a su suerte por el padre de su hija (él, niño -padre también) dependerá de otros para vivir...ni siquiera ha tenido ocasión de pensar qué quiere ser de mayor.
Pero esta visión trágica y negra sorprende a la familia, que está feliz por el nacimiento del nuevo miembro, niña también, la pobre Nicoletta con nombre de princesa delicada y niñez incierta. No entienden el revuelo. Elena ya estaba preparada para ser madre con diez años, como antes lo estuvo su madre y antes lo estuvo su abuela... que actúa de portavoz con el permiso de su marido. Estamos a años luz unos de otros en un mismo espacio y en mismo tiempo. La Tierra no es plana ni redonda, está plagada de sinuosidades y recovecos culturales donde lo que a unos ojos es blanco y límpido a otros es negro y atroz. Me da pena esa niña que es feliz porque su hija ha nacido sana.

Mientras reflexiono sobre esto, y a la vez que preparo la clase para mis alumnos de 1º de bachillerato (ya que tengo la útil habilidad de poder hacer dos o más cosas a la vez)  encuentro casualmente un poema de la lírica tradicional del siglo XV que habla de los amores prematuros, ¿frecuentes quizás en la Edad Media? La diferencia es que esto es solo literatura:

La niña gritillos dar
non es de maravillar

Mucho grita la cuitada
con la voz desmesurada,
por se veer asalteada;
non es de maravillar.

Amor puro la venció,
que a muchos engañó;
si por él se descibió
non es de maravillar.

Temprano quiso saber
el trabajo y el placer
que el amor nos faz aver;
non es de maravillar.

A los diez años complidos
fueron della conocidos
todos sus cinco sentidos;
non es de maravillar.

A los quince, ¿que fará?
Esto notar se devrá
por quien la praticará;
non es de maravillar.

(Poesía lírica medieval. Edición de Vicenç Beltrán.  Biblioteca Hermes. Clásicos castellanos)

4 comentarios:

Joselu dijo...

Tengo dos hijas, una de once y otra de trece. Soy consciente, por ello, de la terrible catástrofe que un embarazo (y todo lo que implica alrededor) puede significar. Desolador. Pero supongo que en la Edad Media, como dices, debía estar a la orden del día, no a los diez quizás pero sí a los trece, las niñas mujeres. En el instituto siempre hay alguna muchacha de quince o dieciséis que se queda embarazada con distintas casuísticas, pero una niña de diez es espeluznante. Un cordial saludo.

Carlota Bloom dijo...

Terrible. No tener infancia a la que volver me parece un horror, y más por estas circunstancias. Miro a mi hija, que tiene ocho, y se me ponen los pelos de punta.

Fata Morgana dijo...

Tuve una alumna que fue madre a los once años por obra y gracia de un vecino setentón y abusón. El año que viene me tocará dar clase al fruto de dichos abusos, pues ya ha llegado a la misma edad en que su madre la engendró. Es algo terrible y me sobrecoge cada vez que lo pienso. La chica nunca se recuperó psicológicamente de esa maternidad prematura.

Hortensia Lago dijo...

Sí, es terrible,y parece algo que solo puede suceder en otras culturas, sin embargo yo también conozco algún caso. Y también se me ponen los pelos de punta mirando a mis hijas, que en este caso tienen cinco y siete años.

Morgana, querida, ¿ya le vas a dar clase a una hija de una alumna? ¡Qué viejas estamos ya!¡Y eso que aún nos quedan unos cuantos años para darles clase a nuestros propios hijos!
Saludos a los tres.

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