sábado, 13 de noviembre de 2010

Pronto llegó noviembre


Al fin llegó el otoño a las Fragas do Eume

Soy un espíritu de otoño. Me inspiran el viento y el frío.  Noviembre me parece el mes más plástico. Hace unos días me tiré al monte para hacer fotos de los colores del otoño y me he acordado de Julio Llamazares, el escritor leones. ¿Qué será de él? Tengo todos sus libros, incluso los que he dejado a medias (me decepcionó hasta el enfado El cielo de Madrid, creo que no debió publicarlo, no lo veo terminado estilísticamente). Pero se lo perdono. Me interesan de él esa concepción de la montaña y de la soledad, ese aprecio por la vida en la naturaleza y y esa manera tan poética y descriptiva de narrar. Esa manera tan narrativa de escribir versos:

Todo lo aprendí de quien nunca fue amado:la nieve, y
el silencio, y el grito de los bosques cuando muere
el verano.
O aquella canción celta que Kerstin me cantaba:
"¿Quién puede navegar sin velas? ¿Quién puede remar
sin remos?¿Quién puede despedirse de su amor
sin llorar?"
Pero ahora ya la nieve sustenta mi memoria.Y el silencio
se espesa tras los bosques doloridos y profundos
del invierno.
Por eso puedo navegar sin velas.Por eso puedo remar
sin remos.
 Por eso puedo despedirme de mi amor sin llorar.
                                       (de Memoria de la nieve, poema 10)



Lo primero que  leí de Julio Llamazares fue La lluvia amarilla. Cada uno de nosotros, puestos a escribir, tenemos unos intereses argumentales y un estilo propios. No sé cómo ha podido suceder, pero a mí se me ha adelantado Julio Llamazares. Siempre quise escribir como él y retratar con hermosas personificaciones el final del otoño en una novela en la que la injusta guerra lleva a los hombres a huir al monte acosados por los enemigos y perseguidos por su propia soledad : "Al atarceder cantó el urogallo en los hayedos cercanos. El cierzo se detuvo repentinamente, se enredó entre las ramas doloridas de los árboles y desgajó de cuajo las últimas hojas del otoño" (Luna de lobos). Yo habría querido empezar una novela escribiendo:"La pregunta no es si hay vida después de la muerte; la pregunta es si hay vida antes de la muerte", que es como comienza Escenas de cine mudo, esa rememoración de la infancia al hilo de los recuerdos que le traen al autor las fotografías de un viejo álbum familiar. Ahora que los viajes ya no son lo que eran, -"el viajero, aunque no es turista, o al menos así lo cree (turista es el que viaja por capricho y viajero es el que lo hace por pasión)"- fantaseo con la idea de recorrer,cuaderno en mano, el universo 'pechado' de Trás-os Montes.También me habría gustado nacer en un pueblo perdido del Pirineo (en vez de en una villa de petulante solera) y que eso me marcara  pero que no me destruyera, como les sucede fatalmente a Andrés y a Sabina, los  últimos habitantes de Ainielle. De La lluvia amarilla, hoy que caen las hojas ocres balanceadas por el viento, vienen a mi memoria estas pinceladas:
"Pronto llegó noviembre con su pálido aliento de lunas y hojas muertas. Los días fueron haciéndose más cortos cada vez y las interminables noches junto a la chimenea comenzaron a sumirnos poco a poco en un profundo tedio, en una pétrea y desolada indiferencia contra las que las palabras se deshacían como arena y en la que los recuerdos daban paso casi siempre a inmensas extensiones de sombra y de silencio. Antes, cuando aún estaba Julio y su familia (y, antes aún, cuando Tomás todavía no había muerto y sostenía tenazmente en solitario la vieja casa y la memoria de Gavín), nos reuníamos todos en una de las casas, junto a la chimenea, y, allí, durante largas horas, mientras la nieve y la ventisca gemían en lo alto del tejado, pasábamos las noches del invierno contándonos historias y recordando personas y sucesos, casi siempre de otro tiempo. El fuego, entonces, nos unía más que la amistad y que la sangre. Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza del invierno. Ahora, en cambio, a Sabina y a mí, el fuego y las palabras nos volvían más distantes, los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones."

5 comentarios:

Antonio dijo...

Resulta curioso comprobar cómo se parece mi trayectoria lectora de Llamazares a la tuya. También a mí me decepcionó El cielo de Madrid, un libro que sólo tiene valor como justificación personal de su retiro literario (y quizá de la presión editorial por mantener a los autores "vivos" en las librerías). Al margen de la magnífica 'lluvia amarilla', recuerdo con gran cariño El río del olvido.
Un saludo.

Joselu dijo...

Un autor que me ha seducido en los tres títulos que he leído de él: La lluvia amarilla, Trás os montes y El río del olvido. Creo que tendría que volverlo a leer, tu comentario me lo ha hecho desear. Y la referencia al turista y al viajero es harto pertinente. El viajero viaja porque le falta algo esencial, y tal vez en el viaje -experiencia iniciática- en alguna manera viene a encontrarlo sin buscarlo.

Tesla dijo...

Querida Hortensia, ya que hablas de 'La lluvia amarilla', quiero compartir contigo mi fragmento favorito de este libro, que fue una de esas obligaciones de mi profesora de Lengua de 3ºBUP, que en este caso agradecí:
"El tiempo fluye siempre igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando. Como el río, se enreda entre las ovas tiernas y el musgo de la infancia. Como él, se despeña por los desfiladeros y los saltos que marcan el inicio de su aceleración. Hacia los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en el que el hombre descubre la traición de los años. Llega siempre un momento en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por el rayo. A partir de ese instante los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un vapor efímero –igual que el que la nieve desprende al derretirse- que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. Y así, cuando queremos darnos cuenta, es tarde ya para intentar siquiera rebelarse".
Un saludo de tu compi de insti y biblioteca

Carlota Bloom dijo...

Sölo he leído de Llamazares La lluvia amarilla, El río del olvido y algunos poemas. La primera me parece una de las mejores ¿novelas? de las últimas décadas. Comparto contigo la apreciación por las bondades del leonés: la visión poética de la existencia y la concepción de la soledad y de la naturaleza. Qué envidia me das, por esos montes haciendo fotos (hombre, yo me pierdo por la sierra de Madrid, que tampoco está mal :). Un abrazo.

Hortensia Lago dijo...

Antonio, Joselu:
Mencionáis El río del olvido. Es cierto, yo también leí con envidia y placer ese recorrido solitario por el río Curueño. Me dan ganas de volver a leerlo y de animarme a recorrerlo (como tú, Joselu, cada vez aprecio más los viajes alejados de las rutas turísticas y creo que en nuestro entorno muchas veces hay aunténticos paraísos relegados al olvido).
Tesla, me alegra que te hayas animado a hacer un comentario y que te guste Julio Llamazares. No recordaba esa metáfora del paso del tiempo, el río y la nieve. La apunto. A mí también me gusta.
¿Tendremos a Julio Llamazares en la biblioteca? Habrá que comprobarlo.
Carlota, la sierra de Madrid no está nada mal, yo también te envidio esos rincones. De todas maneras, aquí ya empieza la lluvia y pasear por el monte con el paraguas y la cámara no es muy cómodo, así que ya me estoy aletargando frente el calorcito de la chimenea.
Un biquiño para los cuatro.

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