domingo, 21 de marzo de 2010

La poesía está en todo

                                        El río Eume entre los árboles, un día de niebla y de invierno

Cuando estudiaba 5º de Filología Hispánica tuvimos la oportunidad de elegir la optativa de Lengua Rumana. El profesor, no recuerdo su nombre, había conseguido huir del régimen de Nicolae Ceausescu y llegó ya empezado el curso. No sé qué habrá sido de él. Al principio era un hombre triste, demacrado y envejecido, dueño de  una mirada resignada cargada de agradecimiento y nostalgias. A final de curso empezaba a ser feliz. Compró ropa nueva y rejuveneció. Aprobó a todos los alumnos. Yo aprendí rumano. Aún conservo los apuntes pero olvidé ya una lengua que no tuve oportunidad de hablar jamás. Sin embargo, sigo teniendo presente a un poeta del cual nos hablaba, Marin Sorescu. En clase traducíamos sus poemas. A mí el que más me gusta es este, que en su lengua original se titula "Am legat". Lo copio tal y como lo conservo en una libreta, traducido por mí:
He atado a los árboles por los ojos
con una pañoleta verde
y les he dicho que me encuentren.
Y los árboles me han encontrado inmediatamente
con una carcajada de hojas.
He atado a los pájaros por los ojos
con una pañoleta de nubes
y les he dicho que me encuentren.
Y los pájaros me han encontrado con un canto,
con un canto.
He atado a la tristeza por los ojos
con una sonrisa
y la tristeza me ha encontrado al día siguiente
dentro de la pasión.
He atado al sol por los ojos
con mis noches
y le he dicho que me encuentre.
Estás ahí, ha dicho el sol,
detrás de aquel tiempo,
no te escondas más.
No te escondas más,
me han dicho todas las cosas
y todos los sentimientos
a los que he intentado atar por los ojos.
                                              

viernes, 12 de marzo de 2010

Miguel Delibes, el guardabosques de las palabras


Mario, el Nini, Daniel el Mochuelo, el señor Cayo, Azarías,... todos son creaciones geniales de un narrador que dominó como pocos los diferentes registros de la lengua, que poseía un talento innato para plasmar en sus obras  la  cercana humanidad de algunos personajes y la palpable miseria humana de otros, que pintó con sus palabras paisajes que  veía por sus ojos y que pisaba con sus pies.
Ha fallecido hoy, 12 de marzo de 2010, a los 89 años de edad, tras una larga enfermedad.  Muere el ser humano, la envoltura física, lo perecedero  y se consolida la figura, el clásico, lo permanente.
Hablaba  Caballero Bonald, en el Congreso virtual de la Lengua, del empobrecimiento del idioma. Decía que  las palabras están desapareciendo de nuestra lengua, que el español medio usa alrededor de 4oo palabras cuando en el Diccionario de Manuel Seco se recogen 72000 términos. Miguel Delibes los conocía todos y  los utilizaba  con precisión y naturalidad, como quien se levanta por las mañanas y mira qué tiempo hace desde la ventana y se pone los calcetines.
Caballero Bonald piensa que cada día desaparecen de forma alarmante palabras comunes que pasan a convertirse en arcaísmos.
Abro al azar El  camino y leo: Daniel, el Mochuelo, evocaba sus primeros pasos por la vida. Su padre emanaba un penetrante olor, era como un gigantesco queso, blando, blanco, pesadote. Pero, Daniel, el Mochuelo, se gozaba en aquel olor que impregnaba a su padre y que le inundaba a él, cuando, en las noches de invierno, frente a la chimenea, acariciándole, le contaba la historia de su nombre.
Ahora hojeo Las ratas  y a mi encuentro salen  un sol rojo y turgente como un globo,... una tibia calina que se fundía con el humo rastrero,... el alcotán palomero[...]agitando frenéticamente las alas,... telera, cascabeleo, poncho, chisquero de yesca, cayada, esquilas,... y tantas y tantas palabras, arcaísmos ya, que han perdido a su guardabosques.
Descanse en paz.

miércoles, 3 de marzo de 2010

CHILE

El grito, Edvard Munch

Nadie expresa mejor el horror como quien lo siente de verdad. Desde Puerto Natales, Hugo Vera en su blog inmaculada decepción escribe este relato, digo mejor, esta oración, esta elegía, sincera, emotiva, contenida, hermosa, trágica,... Desde aquí nuestro recuerdo y nuestra solidaridad.
Este infierno tan querido
Primero se cortó la luz. Inmediatamente después llegó el terremoto. Energía liberada. Terror. De repente te encuentras en manos de nadie. A merced de lo que estime venir. De pronto se te caen las paredes. Todo lo peligroso vuela por los aires. Un cuchillo atraviesa la garganta de una jubilada. Imposible sostenerse en pie. Te abandonas a tu suerte. A tu mala suerte. La tierra se abre y se cierra. El techo queda a la altura del piso. Los autos caen de las autopistas. Los edificios se derrumban. Gente llorando desnudas por las calles. Algo grave muy grave ha pasado. Es el primer minuto. Y no ha terminado. La tierra sigue temblando. Otro minuto. Todo sigue temblando. Cada vez más fuerte. Más fuerte. Ahora se siente más fuerte. Más que en el primer minuto. No da tregua. No se acaba nunca el segundo minuto. Ya nunca más acabará. No se acabará nunca. Comienza el tercer minuto y cada vez es más fuerte. Pánico. Muchísima gente ha partido a un lugar más apacible que éste. El viaje sin retorno. Muchos se fueron al primer minuto. Sepultada gente entre los escombros. Construyes una casa por tumba. Vas a la deriva. No hay luz no hay nada. Caminas ciego a ningún lugar. Todo se colisionó. Dejó de tener sentido. No hay comunicación, si alguna vez lo existió ya no. Todos los celulares callaron. Tierra arrasada. Peor que cualquier guerra. Una señora va en busca de su casa y encuentra una foto de la hija. Se da cuenta que allí estuvo su casa. Comenta que llegó por un sentido de orientación. Encuentra la foto de su hija pero no a su hija. Veo aquello por televisión y me pongo a llorar. Como nunca lloré en mi vida. Chile, que Dios se apiade de ti por los siglos de los siglos. Atravesaremos juntos el infierno. Este infierno tan querido. Mi país. Te quiero. Amén.
Ahora que las tragedias humanitarias son tantas que corremos el riesgo de banalizarlas y olvidarlas, no puedo dejar de recordar aquel poema atribuido falsamente a Beltolt Brecht pero que en realidad fue escrito por un pastor luterano, Martin Niemöller:
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los
comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
tampoco protesté,
porque yo no era judío.
Cuando vinieron a buscarme a mí,
no había nadie más que pudiera protestar

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