sábado, 22 de agosto de 2015

La muerte de un profesor y la muerte del león


Ilustración de Zdzislaw Beksinski
     Es cierto. No podemos pasarnos la vida llorando a todos los muertos que salen por la tele. No podemos vivir como nuestro un duelo que está reservado a los allegados. Nuestra intromisión no puede ir más allá de un escalofrío en el pensamiento que nos recuerda la lección que ya estaba presenta en la Epopeya de Gilgamesh: la inmortalidad está reservada a los dioses, no a los humanos. Así que decimos no somos nada, y nos abrazamos a la almohada con pelusillas de mala conciencia al sentirnos a salvo de un piloto suicida, de un terremoto devastador, de una guerra espeluznante, de unos terroristas despiadados, de una montaña inflexible, de un ex novio vengativo. Porque la muerte es un susurro adormecido que cualquier día nos puede desgarrar la oreja.
     La muerte de los otros nos conmueve el instante que dura su presencia en los medios de comunicación.
     Decía el poeta González que los muertos son unos pesados. Aunque ni por asomo  pensaba él en el león Cecil. Doscientos kilos y una belleza salvaje y descomunal que fue largamente alabada y llorada en las redes sociales hasta que desde Zimbabwe nos dijeron que no, que ellos no lloraban al león, acostumbrados como están al zarpazo arrogante del hombre blanco. Los desmanes de un dictador, la pobreza, la corrupción,... esa es la chincheta que habría que clavar en el mapa allí donde se sitúa Zimbabwe
     Quien seguro que nunca cazó un león fue Abel Martínez Oliva, profesor de Geografía e Historia asesinado en abril por un alumno víctima de un brote psicótico. La celeridad por proteger al menor fue notable. Ni un nombre, ni una imagen ni un rastro. La celeridad en olvidar al profesor también lo fue. Ni vestiduras desgarradas ni planto desesperado en las redes sociales por parte de los que más tarde pidieron la cabeza del dentista que acabó cruelmente con la vida del león.
     Su muerte,la del maestro, no produjo gran espanto y algunos de mis alumnos bromearon al enterarse de que un menor de catorce años es inimputable y que inimputable significa "Eximido de responsabilidad penal por no poder comprender la ilicitud de un hecho punible o por actuar conforme a dicha comprensión". No entendieron la mitad de las palabras de la definición pero yo les expliqué que si un menor de catorce años comete en delito no merece más castigo que el que le pongan sus padres ni más amonestación que la del psicólogo porque un niño de trece años no comprende lo que hace. ¡Quién lo supiera antes! suspiraron, ya quinceañeros, entre irreflexivas risas.
      A Abel Martínez Oliva, profesor de Geografía e Historia, le concedieron como homenaje póstumo la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio.
     Eso es todo. Después, el olvido.
  

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