lunes, 17 de agosto de 2015

Función fática, me gusta y soledad.

Acuarela de  Sandra Sarmiento  

      "Qué soledad terrible si no tuviéramos las palabras", decía don Emilio Lledó en 2010 a David Cantero en La entrevista, de la 2. Me acordé de la cita cuando, hace unos días, en un centro comercial, mientras esperaba a que mis hijas salieran del cine, me cruce de bruces con la imagen de la soledad. De haberme atrevido (la fotografía callejera se me resiste) podría mostrar aquí un ejemplo más de lo que a fin de cuentas es fácil encontrar por internet: dos parejas no tan jóvenes mataban el tiempo alrededor de una mesa sumergidos cada uno en la pantalla táctil. Para ser fiel a la instantánea, uno sostenía su móvil en la mano mientras alargaba una mirada desenfocada hacia los carteles que anunciaban las películas. Un cuarto de hora largo sin palabras, sin más movimiento que unos dedos veloces. Por un momento fantaseé con la idea de que estuviesen comunicándose entre ellos, decidiendo qué film verían o qué oferta de palomitas les compensaría más. Ignoro si existe un sticker para expresar el deseo de cine+palomitas+refresco.
     No añado nada nuevo al constatar que cada vez hay más gente, y de todas las edades, con la cabeza inclinada hacia una pantalla en aquellas ocasiones en las que normalmente se hablaba, se discutía, se gesticulaba, se cantaba, se leía. He visto adolescentes sentados en el suelo en un concierto sin levantar la cabeza del móvil, mujeres maduras en la consulta del médico jugando con la tablet, madres y padres a los que he citado en la tutoría comprobando como quien no quiere la cosa las notificaciones del facebook mientras me decían que sí, que el niño es vago y no estudia y ellos ya no saben qué hacer con él.
     Pero no piensen que soy azote de redes sociales ni que tengo un teléfono de la época de los dinosaurios. Entiendo su utilidad y defiendo su uso. Pero llevo una cuantas noches pensando de turbio en turbio y despotricando  de claro en claro contra los grupos de  whatsapp con los que las amiguitas de mis hijas invaden mi intimidad a golpe de alegre emoticón besuquero.
     Así se comunican durante el verano, que no coinciden en la playa, las pobres, pensarán ustedes. Pero es que repaso el libro de Lengua y Literatura de 1º de Bachillerato y resulta que yo explico a mis alumnos que la comunicación consiste en transmitir información. E informar consiste en comunicar conocimientos nuevos. El ser humano se comunica a través del lenguaje, que es un medio por el cual se da forma al pensamiento. Dependiendo de la intención del hablante (transmitir información, convencer de algo, expresar sentimientos, etc.) se habla de diferentes funciones del lenguaje (representativa, expresiva, apelativa, ...). Son seis. Una de ellas parece menos importantes que las demás. Es la llamada función fática o de contacto. El acento no se pone ni en el emisor, ni en el receptor ni en el mensaje, sino en el canal comunicativo y se refiere a aquellos mensajes que tratan de iniciar, mantener o interrumpir una comunicación. Por ejemplo, los mensajes con los que nos saludamos (hola, ¿qué tal?)  o las muletillas en las que el emisor se apoya para mantener la comunicación (ya...ya, vale).
      La función fática es la más vacía de información. No transmite un mensaje complejo, no exige ningún tipo de esfuerzo. Iguala, como la muerte, al iletrado y al docto en su capacidad comunicativa.
     Constato con espanto que la función fática domina los nuevos canales de comunicación. Los emoticonos de los mensajes, los "me gusta" de facebook, los halagos comodín ("guapa", "grande", "eres el mejor"), no dejan de ser fórmulas vacías que empobrecen nuestro lenguaje y nuestra capacidad de pensar.  El receptor está ahí, pero no está dispuesto a leer el artículo periodístico que has compartido, ni a llevarte la contraria con argumentos convincentes cuando su idea no coincide con la tuya. Jamás, nunca te dirá que la foto de tu perfil está movida y que esas ojeras malvas no te favorecen. Pero sabes que te sigue, que mantiene el contacto, con el emoticón del aplauso, del beso, del zurullo con ojos, con frases estereotipadas, con un clic en "me gusta". Y tú, imperceptiblemente, vas transformando tu intención expresiva (la relacionada con la función expresiva, la que nos permite exteriorizar emociones y expresar nuestros sentimientos y deseos de forma subjetiva y hasta poética, a veces) en intención fática de contacto virtual, a través de una colección de caritas que simbolizan los estados de ánimo.
     En Los retos de la educación en un mundo líquido, Zygmunt Bauman alertaba de la tendencia en la sociedad actual a tomar atajos, a recurrir a tareas que exijan cada vez menos esfuerzo, a consumir productos que se preparan instantáneamente. Habla del "síndrome de la impaciencia":el tiempo es un fastidio, no podemos perder ni un instante en dedicarle tiempo al tiempo. Cocinamos en tres minutos, compramos las uvas sin piel, las rebanadas sin corteza, la lechuga troceada; queremos que nuestros hijos aprueben sin esfuerzo, que no suban escaleras, que nos curen el esguince en urgencias al llegar, que el autobús no se retrase, cruzamos el semáforo en rojo, pitamos si hay caravana por un accidente, que no llueva para no abrir el paraguas,  Y si no vamos a hacer el esfuerzo de morder pan con corteza tampoco haremos el esfuerzo de hablar, de leer, de escribir, de expresar, de opinar, de discutir.  Para eso están los emoticonos y los "me gusta".
    Sentenciaba  Emilio Lledó que "El ser humano es un animal que habla". Quizás nos encontremos, entonces, ante una especie en peligro de extinción.

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