martes, 10 de agosto de 2010

Recuerdos de infancia

Con mi prima Paz. La que está delante soy yo. Me gusta la niña que fui.

"El pueblo solo recuerda y cuenta aquello que puede transformar en leyenda.  Lo demás discurre junto a él sin dejar huella profunda, en la indiferencia muda de los fenómenos naturales y anónimos, sin tocar su imaginación y sin grabarse en su memoria". Un puente sobre el Drina, Ivo Andric

A veces leo en  La voz de Galicia una sección veraniega en la que personajes gallegos famosos rememoran los veranos de su infancia. Como sospecho que no se pondrán en contacto conmigo para pedirme un ejercicio de memoria más o menos poético y nostálgico, ahora que tras  un mes gandul he recuperado el placer de levantarme a las siete, lo haré aquí.

Lo que recuerdo de mi infancia también se ha transformado ya en leyenda (íntima y escondida, eso sí, pero leyenda), aunque  más que veranos lleguen a mi memoria los otoños. Los otoños gallegos, cuando quieren, son un deleite para los sentidos.  No conozco mayor placidez que pasear en octubre por una playa desierta y blanquecina con retazos de humo en la lejanía y mi sueño inconfesable en irme a vivir al Caurel acuarelas en ristre para retratar la caída ocre y amarilla de las hojas. Me alimentaré de castañas y de vino.
Una vez escribí:
“¿Hay algún atajo en la memoria que nos permita recuperar las miradas de la niñez? Aquel sol de octubre presentido tras el abrazo de los abedules... Siente frío en el rostro la niña de mirada perdida mientras arrastra con sus zapatos de charol las hojas muertas del otoño."
Es un recuerdo de mi infancia.
Me temo que los veranos de mi infancia se enredarán con los otoños y al lado de la tortilla de patatas y arena se sentará el recuerdo de las uvas recién cogidas, del vino mosto que los niños bebíamos aun sin reposar, de la cocina de leña donde se asaban las manzanas de caramelo a las que mi abuela llamaba  papanduchas. No he oído esa palabra nunca más fuera de mi ámbito familiar. Sé que deriva de papanduja, que significa fruta demasiado madura. Pero me gusta pensar que, al igual que tenemos unos gestos comunes también disponemos de unas palabras que genéticamente nos identifican aunque sea por deformación de otras existentes. 
En verano íbamos a la playa andando, cogíamos moras por el monte, hacíamos comiditas con hojas de helecho y tallos de zarzas (¡y luego nos las comíamos, de verdad!), jugábamos al tejo y nadie corría angustiado detrás de nosotros para que merendaramos. No había parque ni ludoteca de verano, jugábamos por los caminos, y nuestras rodillas estaban rojas de mercurocromo (que nosotros llamábamos cromer) todo el año.  No voy a idealizar tanto el verano para que parezca que no llovía jamás. Llovía más y mejor que ahora. Entonces recortábamos mariquitas y dibujábamos mientras nuestra madre planchaba en la cocina. Pero también salíamos a jugar fuera cuando llovía, ¿por qué no? Entonces cogíamos caracoles y les hacíamos casitas.¡Los encerrábamos en campos de refugiados pensando que así serían más felices! Al día siguiente, los muy desagradecidos ya no estaban. Nadie se iba de veraneo a la aldea de los abuelos porque ya estábamos en la aldea de los abuelos. Eran otros los que venían, maravillados ante hechos tan codidianos que nos desconcertaba su fascinación, como coger manzanas del árbol (¡con su gusano, claro!) o beber leche recién ordeñada. Las comidas familiares se hacían, con frecuencia, en un huerto propiedad de mi tía. Nos subíamos a los árboles y nos escapábamos al río.  Absortos en nuestra maravillosa  libertad no buscábamos los ojos adultos que velaban por nuestros juegos.

Mientras escribo esto mi hija Clara despierta y le enseño las fotos antiguas que he estado escaneando. En muchas estoy con mis hermanas o con mi prima. Le pido que me ayude a elegir una pero ella atiende más a un detalle que la asombra para mi sorpresa: me pregunta por qué estamos solas, por qué nadie nos cuida. Le respondo que ella también está sola en muchas fotos, o con su hermana o con sus primos. Me mira desde el fondo de sus siete años y no se convence. Percibe que yo ya he cumplido su sueño infantil de ser una aventurera. 

2 comentarios:

Carlota Bloom dijo...

Qué entrada tan preciosa, Hortensia. Mi infancia coincide con la tuya en esa libertad de la que carecen nuestros hijos. Yo sí era de las que iban al pueblo de los abuelos, y aunque me crié en barrio periférico de gran ciudad, también tengo el recuerdo de las hojas secas del otoño (hacíamos enormes montañas con las más grandes) y de las escapadas furtivas. En la medida en que se pueda, creo que es importante no traicionar al niño que fuimos...

Hortensia Lago dijo...

Gracias, Carlota. ¿Cómo no te animas tú también a escribir algo sobre tu infancia? Es una buena manera de recuperar al niño que fuimos.
Un abrazo.

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