martes, 31 de agosto de 2010

La lectura como lastre

Mike Stilkey

                                            
No es lo mismo imaginar a los elefantes caminando lentamente bajo el sopor de la sabana que imaginar que tenemos que llevar el elefante a cuestas. Además, un buen día uno descubre que, aunque es más propio del elefante la lentitud dado su tremendo peso (algunos pueden llegar a pesar 7000 kilos), a diferencia de los seres humanos su magnitud  no lo entorpece y, si el peligro lo ronda, puede correr y alcanzar la velocidad de  40 kilometros por hora. Y si imaginamos a un elefante corriendo a 40 kilómetros por hora para subirse a horcajadas a nuestra espalda lo mejor que nos puede pasar es despertar de la pesadilla sudando felices de que no sea verdad.
A veces pienso que muchos alumnos deben sentirse así cuando al inicio de curso se les da la lista de libros que tienen que leer. No sé cómo se llevará el tema de la lectura en otros institutos, pero en el mío, qué duda cabe, se ha malinterpretado el Plan Lector de Centros. Desde que este existe, la lectura es un lastre. A muchos departamentos les ha entrado de pronto un Furor Lector  y han entendido que los alumnos deben leer aunque sucumban en el intento. Lengua Castellana, Lengua Gallega, Filosofía, Historia, ¡sí!, incluso en Matemáticas, cada maestrillo recomienda su librillo. Y lo malo es que algunos, como Torquemadas justicieros, imponen las pavorosas novedades de literatura juvenil actual  (¿dónde está la hoguera en el patio de ese loco ilustre, que me quemo solo de pensar lo que a veces se les recomiendan a los alumnos pensando que, además de analfabetos funcionales, son necios?). Y todo esto bajo pena capital: ¡si no lees el libro, a la cruz de los suspensos, descastado!
Algunos con los que hablo me miran resignados, con ojos de animalillo melancólico, como Platero. Unos, porque son buenos lectores, y, como me dijo cierta mañana una alumna de bachillerato con un "infumable" de reconocido autor juvenil en la mano: "A ver si termino pronto esto  porque tengo ganas de ponerme a leer". Otros han pasado la noche en vela, leyendo de un tirón para expulsar al día siguiente sobre el examen ese cuerpo extraño. Los más listos toman un atajo y se aconsejan con los clásicos en esa Biblioteca de Alejandría  Moderna que es "El rincón del vago". No hay resumen de lectura recomendada que se le resista. Algunos, por supuesto, leen con agrado e incluso se aficionan a la lectura. También hay profesores que recomiendan buenas lecturas y hablan con pasión de los libros.
Pero hoy he decidido ver de lo malo lo peor y por eso sigo.
Las editoriales, como el pan de pueblo, ya no son lo que eran. Si hay que destruir a los clásicos para que los almacenes acumulen Best-Bodrios pues se hace y punto. Es lo que se vende, hasta los políticos los leen. Y esa táctica comercial se ha trasladado a la literatura juvenil. Las editoriales han hecho suya la máxima de "El cliente siempre tiene la razón" y cual mayordomo solicito con la anciana rica y rara de la que espera heredar  se afanan en dar a los jóvenes aquello que piensan que desean: sexo, droga, violencia en el instituto, aventuras inverosímiles, diálogos plagados de tacos, etc. ¡Eso es lo que demandan los jóvenes, ese es el camino para que sean buenos lectores!, nos dirán tantos malos escritores para justificarse y publicarse. Porque si algo destaca en los catálogos de literatura juvenil es la baja calidad literaria, aunque algunos autores tengan ya su estrella en el Paseo de la Fama de las letras, sobre todo, y no por otra cosa, por haber conseguido parecerse a Lope de Vega en el misterio que rodea su magna producción (hay algunos que, como el clásico, han escrito más libros que días tiene su vida).
Lo importante no es la calidad, lo importante es que se lea, parecen pensar muchos, algo les entrará en la cabeza a estos zoquetes. Pero conozco a más de uno que se jacta de no haber leído jamás las lecturas que recomienda a sus alumnos porque no tiene tiempo para perderlo removiendo entre la basura. Miedo me dan estos enseñantes que convierten la lectura en un lastre.

sábado, 21 de agosto de 2010

Poetas medievales: el rebelde Villon

músico callejero

Si el capellán Guillaume Villon hubiese vislumbrado los quebraderos de cabeza que el pequeño François Montcorbier le iba a ocasionar en su juventud,  quizá no le hubiese permitido tomar como suyo su apellido y   el poeta no habría pasado a la posteridad con el nombre de  François Villon. Y si este hubiese nacido hace sesenta años en España en vez de hacerlo en la Francia del siglo XV, no es descabellado pensar que, en vez de relacionarse con la poco recomendable hermandad de La Coquille, se hubiese juntado con otros poetas goliardos vividores y tabernarios como él. Imagino a Ángel González celebrando su "Balada de la vieja armera a las mozas de París"  o a Joaquín Sabina inspirándose en alguno de los versos de la Balada de los Proverbios. Pero Villon nació en 1431 y, aunque  le tocó vivir una infancia marcada por la orfandad y la miseria, su suerte cambió cuando el canónigo Villon, hombre de inquietudes intelectuales, y por lo que se deduce, dotado de una personalidad generosa y altruista,  se convierte en su tutor. François pasa de jugar en las calles con el pantalón roto y la cara sucia a acceder a una formación erudita. Cuando inicia sus estudios en la Facultad de Artes de París su afición a la noche, a las prostitutas y a las malas compañías lo pierden. Con todo, obtiene su licenciatura. Pronto demuestra cualidades para la  poesía, inspirada con frecuencia en la mujer de su vida, que jamás le hizo caso, Catherine de Vaucelles. Pronto demuestra también grandes habilidades para meterse en líos de esos que pueden terminar en la época con resultado de horca. Mata a un sacerdote en una pelea, participa  en un sonado robo con sus colegas Guy Tabarie, Colin Cayeux, Petit Jehan y Damp Nicolas, ... muy malas compañías que acabarán en la cárcel o ajusticiados. François Villon se pasa la juventud huyendo de París para evitar el mismo final que sus compinches, aunque no puede evitar ser detenido y torturado en más de una ocasión.  Sin embargo, el bueno e influyente Guillaume consigue siempre ayudar a su protegido (¿Por qué tanto interés?, se preguntan algunos estudiosos sin hallar respuesta cierta). De nada sirve. Villon ama el derroche, las prostitutas, el vino y las tabernas, las trifuncas callejeras, la jerga oscura de los Coquillards, , el carpe diem frente al mañana incierto...en fin...es dificil llevarlo por la recta vereda. Escribe  El Legado y El Testamento, extensos poemas autobiográficos, consciente de que en cualquier momento puede desaparecer definitivamente, lo que sucede en 1463, cuando el poeta tiene treinta y dos años. En diciembre del 62 es condenado a muerte. Todo hace pensar que será ajusticiado en el Patíbulo de Montfoucou y escribe la Balada de los ahorcados como despedida del mundo, pero, una vez más, las influencias de sus allegados consiguen cambiar la terrible pena  - la mayoría de sus amigos han pasado ya por ella- por un destierro de París por diez años. A principios de enero, "cuando los lobos mascan viento,/y uno se encierra entre sus muros", el rebelde Villon abandona París y, a día de hoy, no hemos vuelto a tener noticias de él. Por si lo reconocen por la calle, esta es su cara:

Villon fue un poeta al que le tocó  vivir en  ese difícil tránsito entre el miedo a la Muerte medieval y las ansias renacentistas por disfrutar de la vida terrenal antes de que sea tarde, aun siendo tarde ya, como la vieja armera de la Balada. Sus composiciones son fundamentalmente autobiográficas, con muchas referencias a personajes del momento, de los que raramente traza una semblanza bondadosa. Tanto en El Legado como en El Testamento, Villon hace de su elocuencia un dardo que lanza contra los hipócritas e insolidarios, sin que le tiemble la mano al incluir nombres propios concretos, conocidos e influyentes en la época, que se convierten en víctimas de su burla y de su queja. A la vez, su poesía (clásica en su molde  métrico) es un canto a la vida, al amor carnal, al disfrute del momento presente... él, que pasó su juventud esquivando a la muerte.

A excepción de la Balada de los ahorcados, todos los enlaces que aparecen en la entrada se corresponden con poemas de Villón que he tomado de:
- La edición bilingue de la editorial Pre- textos (Valencia,2001), con introducción, notas y traducción de José María Álvarez.
- La edición de Juan Victorio publicada en Letras Universales, editorial Cátedra (Madrid, 1985)
Más información en la Wikipédia francesa, con enlaces a sus poemas en versión original

martes, 10 de agosto de 2010

Recuerdos de infancia

Con mi prima Paz. La que está delante soy yo. Me gusta la niña que fui.

"El pueblo solo recuerda y cuenta aquello que puede transformar en leyenda.  Lo demás discurre junto a él sin dejar huella profunda, en la indiferencia muda de los fenómenos naturales y anónimos, sin tocar su imaginación y sin grabarse en su memoria". Un puente sobre el Drina, Ivo Andric

A veces leo en  La voz de Galicia una sección veraniega en la que personajes gallegos famosos rememoran los veranos de su infancia. Como sospecho que no se pondrán en contacto conmigo para pedirme un ejercicio de memoria más o menos poético y nostálgico, ahora que tras  un mes gandul he recuperado el placer de levantarme a las siete, lo haré aquí.

Lo que recuerdo de mi infancia también se ha transformado ya en leyenda (íntima y escondida, eso sí, pero leyenda), aunque  más que veranos lleguen a mi memoria los otoños. Los otoños gallegos, cuando quieren, son un deleite para los sentidos.  No conozco mayor placidez que pasear en octubre por una playa desierta y blanquecina con retazos de humo en la lejanía y mi sueño inconfesable en irme a vivir al Caurel acuarelas en ristre para retratar la caída ocre y amarilla de las hojas. Me alimentaré de castañas y de vino.
Una vez escribí:
“¿Hay algún atajo en la memoria que nos permita recuperar las miradas de la niñez? Aquel sol de octubre presentido tras el abrazo de los abedules... Siente frío en el rostro la niña de mirada perdida mientras arrastra con sus zapatos de charol las hojas muertas del otoño."
Es un recuerdo de mi infancia.
Me temo que los veranos de mi infancia se enredarán con los otoños y al lado de la tortilla de patatas y arena se sentará el recuerdo de las uvas recién cogidas, del vino mosto que los niños bebíamos aun sin reposar, de la cocina de leña donde se asaban las manzanas de caramelo a las que mi abuela llamaba  papanduchas. No he oído esa palabra nunca más fuera de mi ámbito familiar. Sé que deriva de papanduja, que significa fruta demasiado madura. Pero me gusta pensar que, al igual que tenemos unos gestos comunes también disponemos de unas palabras que genéticamente nos identifican aunque sea por deformación de otras existentes. 
En verano íbamos a la playa andando, cogíamos moras por el monte, hacíamos comiditas con hojas de helecho y tallos de zarzas (¡y luego nos las comíamos, de verdad!), jugábamos al tejo y nadie corría angustiado detrás de nosotros para que merendaramos. No había parque ni ludoteca de verano, jugábamos por los caminos, y nuestras rodillas estaban rojas de mercurocromo (que nosotros llamábamos cromer) todo el año.  No voy a idealizar tanto el verano para que parezca que no llovía jamás. Llovía más y mejor que ahora. Entonces recortábamos mariquitas y dibujábamos mientras nuestra madre planchaba en la cocina. Pero también salíamos a jugar fuera cuando llovía, ¿por qué no? Entonces cogíamos caracoles y les hacíamos casitas.¡Los encerrábamos en campos de refugiados pensando que así serían más felices! Al día siguiente, los muy desagradecidos ya no estaban. Nadie se iba de veraneo a la aldea de los abuelos porque ya estábamos en la aldea de los abuelos. Eran otros los que venían, maravillados ante hechos tan codidianos que nos desconcertaba su fascinación, como coger manzanas del árbol (¡con su gusano, claro!) o beber leche recién ordeñada. Las comidas familiares se hacían, con frecuencia, en un huerto propiedad de mi tía. Nos subíamos a los árboles y nos escapábamos al río.  Absortos en nuestra maravillosa  libertad no buscábamos los ojos adultos que velaban por nuestros juegos.

Mientras escribo esto mi hija Clara despierta y le enseño las fotos antiguas que he estado escaneando. En muchas estoy con mis hermanas o con mi prima. Le pido que me ayude a elegir una pero ella atiende más a un detalle que la asombra para mi sorpresa: me pregunta por qué estamos solas, por qué nadie nos cuida. Le respondo que ella también está sola en muchas fotos, o con su hermana o con sus primos. Me mira desde el fondo de sus siete años y no se convence. Percibe que yo ya he cumplido su sueño infantil de ser una aventurera. 

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